La denuncia pública de la diputada nacional Lourdes Arrieta contra el ex ministro de Defensa y actual diputado nacional, Luis Petri, por el presunto vaciamiento de la obra social de las Fuerzas Armadas abrió una discusión más profunda que un simple cruce político.
El detonante fue el dramático testimonio del suboficial mayor Carlos Héctor Velázquez, un veterano de 77 años que intentó quitarse la vida tras meses sin recibir tratamiento oncológico por parte de IOSFA. Pero detrás de ese episodio emerge un problema estructural que atraviesa al sistema de defensa argentino: salarios deteriorados, renuncias de oficiales, crisis sanitaria y una fuerte disputa política dentro del propio oficialismo.
La acusación de Arrieta fue directa. La legisladora sostuvo que la gestión de Petri al frente del Ministerio de Defensa fue “la peor de los últimos veinte años” y lo responsabilizó por el deterioro financiero de IOSFA, la obra social que cubre a cientos de miles de militares, retirados y familiares.
Según denunció, el sistema continúa descontando aportes a sus afiliados —incluso sobre aguinaldos y jubilaciones— mientras se multiplican los casos de falta de prestaciones, suspensión de tratamientos y caída de convenios con clínicas privadas.
El episodio del suboficial Velázquez, quien relató haber aportado a la obra social desde los 16 años y no haber recibido asistencia frente a un cáncer, se transformó en un símbolo de ese deterioro. Su intento de suicidio, ocurrido frente al monumento al general San Martín, generó conmoción dentro de la comunidad militar y alimentó una discusión que venía creciendo en silencio dentro de las Fuerzas Armadas.
IOSFA fue creada en 2013 durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner tras la unificación de las obras sociales del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. El objetivo era consolidar un sistema sanitario único para el personal militar. Sin embargo, con el paso de los años el organismo comenzó a acumular déficit financiero y dificultades para sostener convenios con prestadores médicos.
En los últimos meses se multiplicaron las denuncias por demoras en tratamientos, suspensión de coberturas y reducción de servicios en distintas provincias. Asociaciones de retirados y familiares de militares sostienen que la obra social atraviesa uno de los momentos más críticos desde su creación.
La crisis no se limita a la atención médica. En paralelo, el sistema de bienestar militar —que incluye vivienda, asistencia social y cobertura sanitaria— viene mostrando señales de deterioro desde hace años, una situación que se agravó con la caída del poder adquisitivo de los salarios militares.

Uno de los indicadores más preocupantes para la conducción militar es el aumento de retiros anticipados y pedidos de baja en los cuadros de oficiales y suboficiales. Distintos informes del sector señalan que en los últimos años se incrementó el número de oficiales jóvenes que abandonan la carrera militar ante la pérdida de poder adquisitivo y las escasas perspectivas profesionales.
Los sueldos de las Fuerzas Armadas quedaron rezagados frente a otras fuerzas de seguridad y frente al sector privado, lo que generó una creciente dificultad para retener personal capacitado. A esto se suma el impacto de la inflación sobre jubilaciones militares y pensiones, que dependen en gran medida del sistema previsional específico del sector.
El problema se vuelve más evidente cuando se observa la escala salarial actual. Un subteniente o guardiamarina, es decir el grado inicial de oficial, percibe en promedio entre 750.000 y 850.000 pesos mensuales, según antigüedad y suplementos. Un teniente o primer teniente ronda entre 900.000 y 1.050.000 pesos, mientras que un capitán puede ubicarse aproximadamente entre 1,1 y 1,3 millones de pesos.
En los rangos superiores, un coronel o capitán de navío se ubica en torno a 1,8 o 2 millones de pesos, y un general de brigada o contraalmirante supera levemente los 2,3 millones de pesos con los adicionales correspondientes.
Este fenómeno comenzó a ser observado con preocupación dentro de la estructura de defensa porque afecta directamente la capacidad operativa y la renovación de cuadros profesionales.

Mientras el deterioro salarial y la crisis sanitaria golpean a los militares en actividad y retirados, el Ministerio de Defensa avanzó en una de las compras más costosas de los últimos años: la adquisición de 24 cazas F-16 a Dinamarca por un programa que ronda entre 300 y 330 millones de dólares. El acuerdo incluye aeronaves usadas, repuestos, armamento, simuladores y entrenamiento inicial para pilotos argentinos.
El gobierno de Javier Milei presentó la operación como un paso clave para recuperar la capacidad supersónica de la Fuerza Aérea, perdida desde la baja de los Mirage en 2015. Sin embargo, dentro del propio ámbito militar surgieron cuestionamientos sobre las prioridades del gasto en un contexto donde los salarios de oficiales jóvenes apenas superan los 800 mil pesos y la obra social militar enfrenta una crisis financiera profunda.
A ese debate se suma otro elemento: la incorporación de los F-16 requerirá años de entrenamiento especializado, adecuación de infraestructura en bases aéreas y costos permanentes de mantenimiento, lo que abre interrogantes sobre la sustentabilidad del programa en un sistema de defensa que hoy enfrenta problemas estructurales de financiamiento. En ese marco, la denuncia por el deterioro de IOSFA y el malestar creciente dentro de las Fuerzas Armadas vuelven a poner en discusión el equilibrio entre inversión en equipamiento y condiciones básicas del personal militar.

El deterioro institucional de las Fuerzas Armadas también se vio atravesado por la disputa política dentro del propio oficialismo. La relación entre el presidente Javier Milei y la vicepresidenta Victoria Villarruel —históricamente vinculada al mando militar— se fue tensando con el paso de los meses.
Villarruel había construido parte de su identidad política alrededor de la reivindicación del rol de las Fuerzas Armadas y del reclamo de sectores militares por mayor reconocimiento institucional. Sin embargo, la distancia creciente con la Casa Rosada debilitó ese vínculo y dejó al sector sin un interlocutor claro dentro del gobierno.
Esa fractura política generó malestar en ámbitos castrenses que inicialmente habían visto con simpatía el triunfo de Milei. La expectativa de una revalorización institucional del sistema de defensa chocó con una agenda económica que mantuvo el ajuste presupuestario en áreas sensibles.

El enfrentamiento entre Arrieta y Petri también refleja una disputa territorial que tiene su origen en Mendoza. Ambos dirigentes fueron parte del armado político que permitió el crecimiento del espacio libertario en la provincia y contribuyeron a la consolidación electoral de Milei en ese distrito.
Petri, con trayectoria previa en la Unión Cívica Radical, construyó un perfil nacional que lo llevó al Ministerio de Defensa y lo posicionó como uno de los referentes políticos de Mendoza dentro del nuevo mapa del oficialismo. Arrieta, por su parte, vinculada a la prédica evangélica y a espacios religiosos donde participaba como oradora y militante, emergió como una de las figuras libertarias que capitalizó el ascenso del espacio en la provincia.
Sin embargo, las tensiones internas comenzaron a profundizarse con el paso de los meses y hoy ambos dirigentes aparecen enfrentados públicamente. La denuncia por IOSFA se convirtió así en el capítulo más visible de una disputa política que también tiene implicancias en el armado electoral mendocino.
Además de cuestionar la gestión de Luis Petri en IOSFA, la diputada nacional Lourdes Arrieta mencionó una serie de irregularidades que, según sostuvo, deberían ser investigadas. Entre ellas aparecen denuncias vinculadas al uso de préstamos del Instituto de Ayuda Financiera (IAF), el organismo que administra el sistema previsional de las Fuerzas Armadas, y cuestionamientos sobre el manejo de predios del CITEDEF, el instituto tecnológico dependiente del Ministerio de Defensa.
Aunque esas acusaciones aún no derivaron en resoluciones judiciales concretas, el planteo abre un nuevo frente político y potencialmente legal alrededor de la gestión de Defensa durante el gobierno de Javier Milei.
El trasfondo económico de la crisis también empieza a aparecer en el centro del debate. Distintos informes internos del sistema militar señalan que IOSFA arrastra un déficit financiero que en los últimos años superó varias decenas de miles de millones de pesos, con deudas acumuladas con clínicas, prestadores y proveedores de medicamentos. Ese rojo operativo, sumado al deterioro salarial de los militares y al aumento de retiros anticipados dentro de las Fuerzas Armadas, configura un escenario que ya no se explica únicamente por una disputa política.
En ese contexto, la denuncia de Arrieta terminó funcionando como el disparador de una discusión más amplia: la sostenibilidad del sistema de bienestar militar, el destino de los recursos del área de Defensa y el futuro institucional de una estructura que atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas.