A más de cuatro décadas de la Guerra de las Malvinas, la veterana de guerra Silvia Barrera volvió a caminar por los pasillos del buque donde vivió algunos de los días más intensos de su vida. El regreso al rompehielos ARA Almirante Irízar no fue una visita más: fue el reencuentro con el lugar que, en plena guerra de Malvinas, se convirtió en su trinchera.
Durante su participación en El Living de NewsDigitales, Barrera recordó el impacto que le provocó volver al barco más de 40 años después del conflicto. Allí, en 1982, había trabajado como instrumentadora quirúrgica, atendiendo a los soldados heridos que llegaban desde las islas.
“Para nosotras nuestra trinchera fue el Irízar”, relató. “Lo importante era volver al barco”. Ese regreso recién pudo concretarse décadas después, cuando fue invitada a participar de un documental que recupera las historias de los veteranos.
Barrera tenía apenas 23 años cuando decidió ofrecerse como voluntaria para ir al conflicto. Junto a otras instrumentadoras quirúrgicas del Hospital Militar Central, fue destinada al Irízar, que funcionaba como buque hospital en plena zona de combate.
Desde allí participó en cirugías, atención de heridos y evacuaciones sanitarias en los días finales de la guerra. El barco contaba con quirófanos y personal médico especializado, pero la intensidad del conflicto obligó a improvisar en múltiples situaciones. En algunos casos, recordó, las operaciones se realizaban mientras el barco se movía violentamente por el mar, con médicos y pacientes sujetos para poder trabajar.
El Irízar fue, durante esos días, un punto clave de asistencia médica para los combatientes argentinos.
El vínculo emocional con el barco se mantuvo intacto durante años. Sin embargo, Barrera recién pudo volver a recorrer el Irízar más de cuatro décadas después de la guerra.
“Recién el 19 de junio del año pasado pude volver a recorrer el barco”, contó. “Volver a caminar dentro de lo que era nuestra guarida, 43 años después”.
El momento estuvo cargado de emociones. No era solo regresar a un buque histórico, sino reencontrarse con un espacio que había quedado marcado por la guerra, por los heridos que llegaban sin descanso y por la responsabilidad de intentar salvar vidas en medio del conflicto.
El regreso al Irízar se dio en el marco de la realización de producciones audiovisuales impulsadas desde el Senado argentino y organismos públicos para recuperar testimonios de los protagonistas del conflicto.
Entre esos materiales se encuentra la serie “Voces de Malvinas”, un registro audiovisual llevado adelante por el Observatorio Malvinas, dependiente de la Secretaría de Investigación y Posgrado de la Universidad Nacional de Lanús que reúne relatos en primera persona de veteranos y veteranas de guerra, incluyendo el de Silvia Barrera.
Estos trabajos buscan rescatar las experiencias humanas detrás de la guerra y dejar registro de historias que durante muchos años permanecieron en silencio.
En el caso de Barrera, su testimonio también forma parte del reconocimiento al rol de las mujeres que participaron en el conflicto, muchas de las cuales recién fueron visibilizadas décadas después.
Más allá de la experiencia del frente sanitario, Barrera sostiene que lo más difícil llegó después.
“Lo peor de la guerra es el después”, explicó en distintas ocasiones al recordar la falta de contención que atravesaron muchos excombatientes al regresar al país.
La posguerra estuvo marcada por silencios institucionales, dificultades para reintegrarse a la vida cotidiana y un profundo impacto psicológico en muchos veteranos.
Por eso, con el paso de los años, Barrera decidió transformar su historia en una tarea de memoria activa: recorrer escuelas, universidades y espacios públicos contando lo que ocurrió en Malvinas.
Hoy, más de cuatro décadas después, el regreso al Irízar funciona para ella como un símbolo.
No solo de lo vivido durante la guerra, sino también de la responsabilidad de mantener viva la memoria de quienes combatieron y de quienes no regresaron. “Los que quedamos somos los que tenemos que mantener la gesta vigente”, afirmó.
En ese sentido, volver al barco donde trabajó durante la guerra no fue simplemente un viaje al pasado. Fue, también, una forma de cerrar un círculo y reafirmar un compromiso: que la historia de Malvinas siga siendo contada.