13/03/2026 - Edición Nº1130

Opinión


2,9% en febrero

Sigue la inflación: ¿de dónde sale?

13/03/2026 | La inflación puede bajar respecto de los picos del año pasado y, aun así, quedarse trabada en un nivel que ya no se explica con una sola llave.



El último dato volvió a empujar la misma pregunta. En febrero, la inflación fue de 2,9%, igual que en enero, y acumuló 33,1% interanual. En el primer bimestre del año ya suma 5,9%. Los rubros que más subieron fueron vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, con aumentos en torno al 6,6/6,8%, y alimentos y bebidas no alcohólicas, con 3,3%. Además, la inflación núcleo quedó por encima del índice general, en 3,1%, una señal importante porque muestra que el problema no se agota en tarifas o en precios estacionales.

La pregunta aparece sola porque el relato oficial venía armado alrededor de dos anclas: no hay emisión monetaria descontrolada y no hubo, en estos meses, un salto brusco del dólar oficial como los que históricamente desordenaron toda la estructura de precios. Si esas dos variables están relativamente contenidas, ¿por qué los precios siguen subiendo a este ritmo? La respuesta obliga a salir del esquema de causa única. La inflación argentina no responde a un solo motor. Tiene una estructura multicausal y, justamente por eso, sigue viva aun cuando algunas palancas se enfrían.

Una parte importante del alza sale de la corrección de precios regulados. El propio dato de febrero lo muestra con claridad: vivienda, agua, electricidad y gas encabezaron las subas. Eso significa tarifas, servicios públicos y costos asociados al funcionamiento básico de hogares y empresas. Cuando el Estado decide recomponer esos precios atrasados, la inflación sube aunque la política monetaria sea más dura. Y ese aumento no queda encerrado en la factura: se derrama sobre costos logísticos, comerciales y productivos.

Otra parte sale de la inercia. En la Argentina, muchos precios no se mueven mirando sólo la emisión del presente, sino la memoria inflacionaria acumulada. Alquileres, servicios privados, contratos, cuotas, listas mayoristas y negociaciones salariales cargan con ese arrastre. Cuando una economía convivió durante años con inflación alta, la remarcación se convierte en conducta defensiva. El comerciante ajusta por las dudas, el proveedor cubre reposición futura, el trabajador pide recomposición mirando para atrás. La inflación deja de ser sólo un fenómeno de exceso monetario y pasa a ser también un modo de funcionamiento.

También pesa la estructura de mercados. En varios sectores argentinos hay baja competencia, alta concentración o cadenas de valor con pocos jugadores dominantes. En esos contextos, los precios no reaccionan de manera automática a la caída del consumo. Aun con actividad estancada, muchas firmas prefieren sostener márgenes antes que resignarlos. Por eso puede convivir una economía floja con inflación persistente: no hace falta boom de demanda para que haya aumentos si los mercados son rígidos, concentrados o regulados de manera imperfecta.

El dólar, además, puede no pegar por shock y aun así seguir influyendo. Aunque no haya una devaluación brusca, cualquier expectativa sobre el tipo de cambio futuro se mete en la formación de precios. En una economía tan dolarizada mentalmente como la argentina, muchas empresas calculan reposición, importaciones, insumos y cobertura mirando el dólar que vendrá, no sólo el de hoy. El pass-through puede ser más lento, más parcial o más preventivo, pero sigue existiendo.

La política monetaria importa, por supuesto. Importa mucho. Sin embargo, la inflación argentina muestra que bajar la emisión no alcanza, por sí sola, para apagar un proceso donde también juegan tarifas, puja distributiva, expectativas, estructura empresaria, indexación, costos en dólares y desconfianza sobre la estabilidad futura. El problema aparece cuando se intenta vender una explicación monocausal para un fenómeno que, en la práctica, responde a varias capas al mismo tiempo.

Por eso la discusión de fondo no pasa sólo por si hubo o no “maquinita” o si el dólar saltó o no saltó. Pasa por entender que la inflación argentina combina precios regulados que se corrigen, contratos que indexan, mercados que remarcan, salarios que corren detrás, expectativas que no se terminan de anclar y una memoria inflacionaria que sigue muy activa. El número de febrero volvió a decir eso con bastante crudeza: la inflación puede bajar respecto de los picos del año pasado y, aun así, quedarse trabada en un nivel que ya no se explica con una sola llave.

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