La crisis climática exige transformaciones profundas que cuestionan la capacidad de las democracias tradicionales para generar consensos de largo plazo. En América Latina, el 65 % de la población se declara insatisfecha con el funcionamiento de la democracia y solo el 17 % confía en los partidos políticos. Sin embargo, la ciudadanía no renuncia al ideal democrático, sino que demanda formas participativas y deliberativas más allá del acto de votar.
Ante esta “miopía democrática”, algunos países de la región han optado por asambleas ciudadanas, procesos donde una autoridad convoca a un grupo de personas seleccionadas por sorteo, representativas en género, edad y territorio. Los participantes reciben información de especialistas y deliberan para formular recomendaciones colectivas.
Ejemplos de gobernanza colaborativa y consultas a pueblos indígenas en Chile, paneles ciudadanos sobre agua en Uruguay y asambleas urbanas en Brasil muestran que democracia y clima avanzan de la mano. En México, Costa Rica y Argentina se han organizado asambleas para debatir desafíos locales y diseñar programas de acción climática.
El sorteo permite la participación de ciudadanos comunes, libres de intereses electorales, y la deliberación fomenta la empatía y soluciones inclusivas. Estas metodologías combinan prácticas ancestrales y herramientas estadísticas para lograr un muestreo representativo.
Según Silvia Cervellini, cofundadora de Delibera, cualquier ciudadano puede asumir decisiones difíciles con información y tiempo, sorprendiendo a líderes políticos. Las asambleas complementan elecciones y referendos, ampliando la voz informada de la ciudadanía.
Aunque no son una panacea, las asambleas evidencian que la democracia puede renovarse para afrontar retos complejos. Estas experiencias enfrentan desafíos: financiación, compromiso de autoridades para implementar recomendaciones y escalabilidad. No obstante, demuestran que la participación aleatoria y deliberativa puede reconstruir la confianza y abrir espacios de diálogo.

Frente a la convergencia de crisis climática y deterioro democrático, América Latina puede liderar con innovación cívica. Incorporar la voz plural de la ciudadanía en las políticas climáticas no solo mejora las decisiones, sino que legitima acciones que exigen sacrificios colectivos. La asamblea ciudadana surge así como un instrumento que combina justicia climática y renovación democrática.