El 14 de marzo de 1883, en su apartamento de Londres, murió Karl Marx a los 64 años, dejando inconcluso el tercer volumen de su obra monumental "El Capital". Tras décadas de exilio, pobreza crónica y vigilancia policial por parte de varios gobiernos europeos, el filósofo y economista alemán exhaló su último aliento sin saber que sus ideas inflamarían revoluciones, partirían imperios en dos y dividirían durante casi un siglo la geopolítica mundial en bloques irreconciliables.
Marx había nacido en Tréveris en 1818 en el seno de una familia judía de clase media. Desde muy joven mostró una capacidad extraordinaria para el análisis filosófico y económico, que cultivó en las universidades de Bonn y Berlín. Su colaboración con Friedrich Engels, iniciada en la década de 1840, fue una de las alianzas intelectuales más fructíferas de la historia: juntos redactaron el "Manifiesto Comunista" en 1848, texto que en pocas páginas condensó una lectura radical de la historia y del conflicto de clases que todavía hoy suscita debates apasionados en universidades y parlamentos.
El método de Marx era peculiar porque combinaba la filosofía hegeliana con una aguda observación empírica de las condiciones de vida de la clase obrera durante la Revolución Industrial. Visitó fábricas, leyó actas parlamentarias, analizó estadísticas y entrevistó a trabajadores. De esa inmersión surgió su teoría de la plusvalía, que intentaba explicar cómo el capital acumula riqueza a través de la extracción del trabajo no remunerado. Era una tesis polémica entonces y lo sigue siendo ahora, pero su capacidad para señalar las contradicciones internas del capitalismo le ganó lectores en todos los continentes.
El primer tomo de "El Capital", publicado en 1867, fue recibido con indiferencia por el gran público pero con entusiasmo por los círculos sindicales y revolucionarios en formación. Marx murió antes de ver su traducción al ruso, idioma en el que su pensamiento encontraría su mayor laboratorio histórico. Fue Engels quien, tras su muerte, se encargó de compilar y editar los tomos restantes, asegurando que el proyecto intelectual de su amigo sobreviviría para moldear el siglo siguiente.

La influencia de Marx sobre la historia del siglo XX fue tan profunda como contradictoria. Los regímenes que invocaron su nombre para legitimar sus acciones —desde la Rusia bolchevique hasta Cuba o la China maoísta— produjeron resultados muy distintos a los que el propio filósofo había imaginado. Marx nunca diseñó un modelo de Estado; su crítica era fundamentalmente analítica, no prescriptiva. Las interpretaciones posteriores, sin embargo, convirtieron su obra en catecismo político, con consecuencias que él mismo habría juzgado, con toda probabilidad, de manera crítica.

Hoy, con el capitalismo global enfrentando crisis de desigualdad que reabren preguntas centenarias, la obra de Marx experimenta una notable resurrección académica. Sus categorías —alienación, fetichismo de la mercancía, acumulación originaria— se emplean con renovada precisión en análisis de plataformas digitales, economía del cuidado y finanzas globales. La fecha de su muerte, el 14 de marzo, es un recordatorio de que el pensamiento genuinamente original nunca termina de morir: simplemente cambia de interlocutores.