14/03/2026 - Edición Nº1131

Internacionales

Geopolítica silenciosa

La embajada fantasma de Javier Milei en África y la guerra mundial por los estrechos

14/03/2026 | Mientras el mundo se tensiona por rutas energéticas clave como el Estrecho de Ormuz y el Bab el-Mandeb, la Cancillería argentina despliega una presencia diplomática difusa en Yibuti. ¿Estrategia geopolítica o improvisación en el tablero global?



En la política internacional del siglo XXI ya no alcanza con controlar territorios. El verdadero poder pasa por dominar los pasillos del comercio mundial. Estrechos marítimos, puertos estratégicos y rutas energéticas se han convertido en los nuevos “castillos” del sistema global. En ese contexto, la sorpresiva presencia diplomática argentina en Yibuti —un enclave militarizado en el Cuerno de África— abre interrogantes sobre el rumbo de la política exterior del gobierno de Javier Milei.

Pero para entender la dimensión real de esta jugada diplomática es necesario bajar la geopolítica abstracta a nombres concretos y al funcionamiento real de la Cancillería. El encargado de representar a Argentina en ese tablero es el diplomático de carrera Juan Ignacio Roccatagliata, designado embajador concurrente en Yibuti en 2025. Esto significa que no reside ni trabaja de manera permanente allí, sino que suma esa representación a su cargo principal en Etiopía y ante la Unión Africana.


Juan Ignacio Roccatagliata visitó al embajador de la dictadura, Miguel Ntutumu Evuna Andeme, en su sede diplomática.

En términos diplomáticos, el dato es clave: Argentina no abrió una embajada operativa en uno de los puntos más estratégicos del comercio global, sino que optó por una presencia formal de baja intensidad. Es una práctica habitual conocida como concurrencia, que responde a criterios de optimización de recursos. Pero en este caso adquiere una dimensión política distinta: se trata de estar presente en un enclave decisivo sin desplegar una estructura robusta ni una agenda visible.

La comparación histórica puede parecer audaz, pero no es descabellada. Cuando se produjo la Caída de Constantinopla, el comercio entre Oriente y Occidente se transformó radicalmente y obligó a Europa a buscar nuevas rutas. Hoy, algo similar podría ocurrir si los estrechos que conectan el petróleo y las mercancías del mundo se vuelven inestables o militarizados. El Canal de Suez, Ormuz y Bab el-Mandeb forman un triángulo estratégico donde se define buena parte de la economía global.

En ese escenario, Yibuti se vuelve una pieza central. Es uno de los territorios más militarizados del planeta, donde conviven bases de grandes potencias atraídas por el control de rutas marítimas vitales. Por allí circula una porción significativa del comercio mundial. La presencia argentina, aunque simbólica, sugiere una intención de posicionamiento en el nuevo mapa geopolítico. Sin embargo, también alimenta la idea de una “embajada fantasma”: existe representación formal, pero sin política visible, sin objetivos estratégicos declarados y sin una narrativa pública que explique su sentido.

Esa lógica de presencia sin protagonismo ya había quedado expuesta en otro episodio reciente de la diplomacia argentina. Durante la controversia por la situación de la isla de Annobón y la relación con el régimen de Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, el accionar diplomático argentino fue percibido como excesivamente prudente y burocrático, lo que generó críticas sobre un posible silencio funcional frente a un contexto de denuncias por derechos humanos. En ese marco, la figura de Roccatagliata volvió a quedar asociada a gestiones protocolares de bajo impacto político, reforzando la percepción de una Cancillería que intenta sostener presencia sin definir con claridad su posición estratégica.

Aquí aparece el núcleo del debate sobre la política exterior de Milei. El presidente ha impulsado un discurso disruptivo, con alineamientos ideológicos explícitos y promesas de redefinir el rol internacional del país. Sin embargo, la práctica diplomática muestra movimientos más clásicos: designaciones concurrentes, reducción de costos y presencia simbólica en escenarios sensibles. La tensión entre relato y gestión concreta abre interrogantes sobre la coherencia estratégica de la Cancillería.

El problema no es solo de comunicación. En un contexto donde el comercio energético enfrenta riesgos crecientes —conflictos regionales, disputas entre potencias y cambios en las rutas logísticas—, los países medianos necesitan definir con precisión cómo insertarse en el tablero global. Estar en un enclave estratégico puede representar una oportunidad para ganar visibilidad y capacidad de negociación. Pero también puede convertirse en un gesto vacío si no existe una estrategia integral que lo sostenga.

Además, la competencia por rutas alternativas de transporte de energía y mercancías se acelera. Nuevos corredores terrestres, oleoductos y puertos están redibujando la geografía económica mundial. Quedar fuera de esa discusión implica perder influencia. Pero participar sin un plan claro puede exponer debilidades estructurales.

El paralelismo histórico adquiere entonces mayor fuerza: Constantinopla simbolizó el control del comercio medieval; Ormuz representa hoy el control del petróleo; Bab el-Mandeb, el tránsito del comercio global; Yibuti, la militarización de esas rutas; y Argentina, una presencia diplomática difusa que busca insertarse en ese nuevo escenario. La pregunta editorial es inevitable: se trata de visión estratégica o del reflejo de una Cancillería en transición.

En la nueva guerra silenciosa por los estrechos, las potencias despliegan bases, inversiones y estrategias de largo plazo. Argentina, en cambio, parece limitarse a marcar presencia administrativa mientras define su rumbo. La saga que une Annobón con Yibuti revela una constante: voluntad de estar en el mapa global, pero dificultades para transformar esa presencia en influencia real.

Si el siglo XXI será recordado como la era de la disputa por las rutas del comercio y la energía, las decisiones diplomáticas actuales tendrán consecuencias profundas. Porque en geopolítica no alcanza con aparecer en el tablero: hay que saber qué partida se está jugando. Y hoy la duda es si Argentina participa como jugador… o apenas como espectador con embajada fantasma.

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