El pádel en Argentina se reinventó y atrae a una nueva generación de jugadores, incluso a muchos deportistas profesionales que encuentran en la paleta y la pelota una forma divertida de mantenerse físicamente.
Los años noventa vieron nacer una auténtica "fiebre" por el pádel. Importado de México y España, encontró en el país un terreno fértil para su explosión. La facilidad de aprendizaje, la menor exigencia física inicial comparada con el tenis, y su carácter eminentemente social lo convirtieron rápidamente en el deporte de moda.
En los 90’, al igual que los parripollos, las canchas proliferaron en clubes, barrios y hasta en patios de casas, transformándose en puntos de encuentro donde amigos y familias compartían momentos de diversión y competencia. Se estima que en su pico, Argentina llegó a contar con más de 10.000 canchas distribuidas por todo el territorio, con millones de practicantes, superando incluso al fútbol en cuanto a participación amateur en ciertos períodos.
La accesibilidad del pádel fue una de sus grandes claves. No se requería una técnica depurada para empezar a jugar y disfrutar; con unas pocas clases o incluso autodidacta, cualquiera podía pasar un buen rato. Esta democratización del deporte permitió que personas de todas las edades y niveles socioeconómicos se sumaran a la práctica, consolidando su estatus como un fenómeno de masas. Torneos locales, interclubes y ligas amateurs se multiplicaban, generando una comunidad vibrante alrededor de este deporte de paleta.
Tan vertiginoso como su ascenso fue su caída. A finales de los 90 y principios de los 2000, el pádel argentino experimentó un declive notable, dejando miles de canchas abandonadas o transformadas al baby fútbol.
Las razones de este ocaso son múltiples y complejas. Por un lado, la falta de una estructura federativa sólida y una regulación adecuada durante su boom inicial llevó a la construcción indiscriminada de canchas de baja calidad, que con el tiempo se deterioraron rápidamente, afectando la experiencia de juego.

La crisis económica argentina de principios del nuevo milenio también jugó un papel crucial, encareciendo el mantenimiento de las instalaciones y el acceso al deporte. Además, la percepción de que el pádel era "demasiado fácil" o "un deporte de verano" lo hizo perder atractivo frente a disciplinas más "establecidas" o que ofrecían un desafío técnico mayor, como el tenis.
La falta de una base formativa sólida para nuevos jugadores y la poca proyección profesional para las figuras emergentes contribuyeron a que muchos jóvenes se volcaran hacia otros deportes. El pádel pasó de ser un fenómeno a una moda pasajera, al menos a primera vista, relegado al recuerdo nostálgico de quienes lo vivieron en su apogeo.
Hoy, el pádel argentino está viviendo un resurgimiento espectacular, impulsado por diversos factores que lo consolidan como un deporte moderno y con proyección internacional. La profesionalización de la disciplina a nivel mundial, con circuitos como el World Padel Tour y Premier Padel, elevaron el perfil, le aportaron marketing e inversiones privadas.
Las nuevas generaciones descubren un deporte con mayor exigencia física y técnica que en sus inicios, gracias a la evolución de las paletas, las canchas (ahora predominantemente de blindex y césped sintético) y las estrategias de juego.
La dimensión social sigue siendo un pilar fundamental, pero ahora se combina con una fuerte competitividad y una creciente visibilidad mediática. La creación de nuevas aplicaciones para reservar canchas y organizar partidos ha simplificado el acceso al juego, mientras que la influencia de las redes sociales y el streaming ha expuesto el pádel a una audiencia global.
Argentina, con su rica historia en el deporte, vuelve a posicionarse como una potencia, aportando algunos de los mejores jugadores del mundo como Agustín Tapia, Federico Chingotto, Fernando Belasteguín, Martín Di Nenno, Leandro Augsburger y Sanyo Gutiérrez, entre otros, y realizando importantes torneos que impulsan aún más su popularidad.

Uno de los indicadores más claros del renacimiento del pádel es la cantidad de figuras públicas, especialmente del ámbito deportivo, que lo han adoptado como su pasatiempo favorito o incluso como parte de su rutina de entrenamiento.
El caso más resonante es, sin duda, el de Carlos Tevez. El "Apache", ídolo de Boca Juniors y con una destacada carrera internacional, es un confeso fanático del pádel. Se lo ve regularmente en canchas de blindex, compartiendo momentos con amigos y exhibiendo su competitividad característica. Su presencia contribuye enormemente a la visibilidad y el glamour del deporte.
Pero Tevez no es el único. La lista de exfutbolistas y deportistas retirados que han encontrado en el pádel una actividad ideal para mantenerse en forma y disfrutar de la competencia es extensa. Nombres como Gabriel Batistuta, Juan Sebastián Verón y Martín Palermo son habituales en las canchas.
Incluso figuras del tenis como Gastón Gaudio o el exjugador de la selección argentina de básquet, Emanuel Ginóbili, han mostrado su destreza con la paleta.
El pádel ofrece un excelente ejercicio cardiovascular con menor impacto en las articulaciones que otros deportes, lo que lo hace atractivo para quienes buscan mantenerse activos después de una carrera de alto rendimiento.