El 16 de marzo de 1988, en el tramo final de la guerra entre Irán e Irak, la ciudad de Halabja, ubicada en la región kurda del norte iraquí, fue escenario de uno de los ataques químicos más devastadores contra población civil en la historia contemporánea.
Ese día, aviones del régimen de Saddam Hussein bombardearon la ciudad con una mezcla de gas mostaza y agentes nerviosos, entre ellos sarín y tabún. Las sustancias tóxicas se dispersaron rápidamente por la ciudad, que en ese momento estaba llena de civiles. En cuestión de horas, alrededor de 5.000 personas murieron y más de 10.000 resultaron heridas. Las víctimas fueron principalmente familias enteras que no tenían posibilidad de escapar, incluidos niños, ancianos y mujeres.
Las escenas que siguieron al ataque se volvieron icónicas. Muchas personas murieron en las calles o dentro de sus casas, en la misma posición en la que intentaban refugiarse del gas. Algunas fotografías tomadas en las horas posteriores recorrieron el mundo y se convirtieron en símbolo del horror de las armas químicas.
El bombardeo de Halabja no fue un hecho aislado. Formó parte de la campaña Anfal, una operación militar lanzada por el gobierno iraquí entre 1987 y 1989 contra la población kurda del norte del país. Durante esa campaña, miles de aldeas fueron destruidas y decenas de miles de kurdos fueron asesinados o desaparecidos. Las autoridades iraquíes acusaban a la minoría kurda de colaborar con Irán durante la guerra, lo que llevó a una política de represión sistemática.
Con el paso del tiempo, distintos tribunales y gobiernos internacionales comenzaron a considerar esa campaña como un genocidio contra el pueblo kurdo.

Aunque la magnitud de la tragedia se conoció rápidamente, la respuesta internacional fue inicialmente limitada debido al contexto de la guerra fría y los equilibrios geopolíticos de la región.
Sin embargo, tras la caída del régimen de Saddam Hussein en 2003, varios responsables del ataque fueron juzgados en tribunales iraquíes. Entre ellos Ali Hassan al Majid, conocido como “Ali el Químico”, primo de Saddam Hussein y uno de los principales responsables de la campaña contra los kurdos. Fue condenado y ejecutado en 2010.
Desde entonces, el ataque de Halabja ha sido reconocido por varios países y organismos internacionales como uno de los peores crímenes cometidos con armas químicas contra civiles.

Hoy Halabja es un símbolo central de la memoria histórica del pueblo kurdo. En la ciudad se construyeron monumentos, cementerios y un museo dedicado a las víctimas, donde se conservan objetos personales, fotografías y testimonios de sobrevivientes. Cada año, el 16 de marzo, miles de personas participan en ceremonias de conmemoración para recordar a quienes murieron en el ataque.
Las sirenas suenan a la misma hora en que comenzó el bombardeo y se realizan marchas y actos públicos para mantener viva la memoria de lo ocurrido.

Para muchos kurdos, Halabja representa tanto una tragedia nacional como un recordatorio de la lucha por el reconocimiento y los derechos de su pueblo. El ataque también se ha convertido en un ejemplo recurrente en debates internacionales sobre la prohibición y el control de las armas químicas.
Más de tres décadas después, Halabja sigue siendo recordada como una de las páginas más oscuras de la historia reciente de Medio Oriente y un símbolo del impacto devastador que pueden tener las armas químicas sobre la población civil.