Con la mirada puesta en 2027, el gobernador Axel Kicillof busca trascender los límites de la provincia de Buenos Aires para proyectarse hacia el interior del país.
El movimiento no es casual ni menor: para construir una candidatura presidencial competitiva, Kicillof necesita disputar territorios donde el kirchnerismo ha tenido históricamente desempeños débiles. Entre ellos, sobresale con claridad Córdoba, uno de los distritos más esquivos para el espacio.
La centralidad política, económica y mediática del AMBA ha sido, durante años, un activo del kirchnerismo. Sin embargo, también se transformó en una limitación para construir mayorías nacionales.
En ese contexto, Kicillof enfrenta el desafío de interpretar realidades productivas, sociales y culturales muy distintas a las del conurbano bonaerense. Provincias donde la industria manufacturera no es el eje económico —o donde convive con otros sectores como el agro, la energía o las economías regionales— imponen otro “termómetro” político.
La necesidad es clara: ampliar la base electoral y construir una narrativa que dialogue con esos territorios.
El caso de Córdoba es paradigmático. Representa cerca del 8% del electorado nacional y ha sido, en las últimas décadas, un bastión adverso para el kirchnerismo.
Desde 2007 hasta la actualidad, los resultados muestran una tendencia consistente:
El patrón es claro: derrotas sistemáticas y, en algunos casos, contundentes. Ese desempeño obliga al kirchnerismo a compensar con márgenes muy altos en otros distritos para sostener competitividad nacional.
La relevancia de Córdoba se explica también por su peso en definiciones nacionales. Tanto en 2015 como en 2023, el distrito fue determinante para las victorias en segunda vuelta de Macri y Milei.
El respaldo masivo en esa provincia funcionó como plataforma para inclinar el resultado nacional, consolidando a Córdoba como un territorio estratégico para cualquier proyecto presidencial.

En los últimos días, Kicillof dio señales concretas de interés en ese electorado. Una de ellas fue su participación, vía videoconferencia, en un acto en Villa Carlos Paz organizado por el ex senador Carlos Caserio.
El evento reunió a unos 300 dirigentes y funcionó como una primera prueba de armado político local. La actividad fue encabezada por Caserio y contó con la presencia del ministro de Seguridad bonaerense, Javier Alonso.
Sobre el cierre, Kicillof apareció en pantalla y dejó planteada la necesidad de construir una estructura política en Córdoba que respalde una eventual candidatura presidencial.
Caserio, con experiencia en el peronismo cordobés y pasado en la gestión de Juan Schiaretti, se perfila como uno de los principales nexos del gobernador en la provincia.

En paralelo, Kicillof también busca tender puentes institucionales. En una entrevista reciente con el medio La Voz del Interior de Córdoba, confirmó contactos con el actual gobernador Martín Llaryora.
“Allí hay un ataque al federalismo”, sostuvo, al referirse a problemáticas compartidas como la caída de la recaudación y la crisis productiva. También cuestionó el impacto del modelo económico sobre la industria y el poder adquisitivo.
El gobernador bonaerense planteó una mirada crítica sobre la macroeconomía actual y advirtió que sectores productivos —tanto industriales como agropecuarios— enfrentan dificultades, incluso en contextos favorables.
El principal desafío de Kicillof es político y simbólico: romper la desconfianza que el kirchnerismo arrastra en provincias del centro del país.
Córdoba sintetiza ese problema. No solo por los resultados electorales, sino por una identidad política que, en los últimos años, se inclinó mayoritariamente hacia opciones no kirchneristas.