China no solo compite en el ámbito geopolítico; también acelera sus apuestas en América Latina. El 18 de marzo, la estatal Guangzhou Automobile Group (GAC) anunció que comenzará a producir autos en Brasil a partir de 2027 con una capacidad inicial de 50 000 unidades al año. La compañía invertirá US$ 1,3 mil millones hasta 2030 para establecer su marca y operaciones en el país. Espera que las ventas alcancen las 100 000 unidades para finales de la década.
GAC se asociará con HPE Automotores, con sede en Goiás, y ya abrió un centro de distribución de piezas en São Paulo. La inversión encaja con la política industrial brasileña, que busca reindustrializar la economía y atraer fabricantes de vehículos eléctricos e híbridos. Al mismo tiempo, la empresa se beneficiará de los incentivos fiscales otorgados por gobiernos estatales conservadores y de la creciente demanda de autos limpios entre las clases media y alta urbanas.
El anuncio de GAC se produce pocos días después del informe del BID que recortó las proyecciones de crecimiento regional. Para muchos analistas, la llegada de capital chino a Brasil compensa la falta de inversión doméstica y demuestra que las oportunidades emergen cuando se ofrecen garantías jurídicas y estabilidad. Sin embargo, surgen preguntas sobre la dependencia de América Latina de empresas estatales chinas y el riesgo de replicar patrones de extractivismo y endeudamiento.
Los defensores de la inversión recuerdan que las automotrices chinas ya están ganando cuota de mercado en Sudamérica, desafiando a marcas tradicionales y ofreciendo precios competitivos. La competencia podría bajar los precios y acelerar la transición hacia vehículos eléctricos. Los detractores, en cambio, temen que la penetración de empresas de un país de partido único consolide la influencia de Pekín y presione a gobiernos a conceder concesiones políticas.

Para Brasil, la inversión de GAC es un voto de confianza tras años de recesión y crisis política. Muestra que, aun con un gobierno federal de izquierda, los estados pueden atraer capital al ofrecer condiciones amigables. Las ventas previstas de 100 000 autos sugieren que el mercado local tiene margen de crecimiento. No obstante, se requiere transparencia en los contratos y garantías de transferencia tecnológica para evitar que la iniciativa se convierta en una simple planta ensambladora.

La irrupción de GAC reaviva el debate sobre el papel de China como motor de crecimiento y sobre la capacidad de los países latinoamericanos para convertir inversiones extranjeras en desarrollo sostenible. Si se combinan reglas claras con innovación local, la apuesta puede ser un éxito. De lo contrario, se corre el riesgo de reproducir dependencias ya conocidas.