En un escenario internacional cada vez más fragmentado, una voz inesperada irrumpió en el tablero geopolítico global. Desde Israel, el abogado y dirigente republicano Marc Zell lanzó una propuesta que incomoda a las potencias: que Estados Unidos respalde el reclamo argentino sobre las Islas Malvinas.
No se trata solo de una declaración aislada. Es un mensaje que mezcla estrategia, provocación y narrativa política en un momento donde las alianzas tradicionales empiezan a mostrar grietas.
El argumento de Zell se apoya en una hipótesis sensible: una eventual colaboración de Argentina con Washington en la seguridad del comercio marítimo en el Estrecho de Ormuz, uno de los puntos neurálgicos del flujo energético global.
Desde esa lógica, el dirigente republicano no solo pone en valor a Argentina como socio potencial, sino que apunta directamente contra el Reino Unido, cuestionando su nivel de alineamiento con EE.UU. en el conflicto del Golfo Pérsico.
El planteo de Marc Zell no menciona abiertamente una ruptura, pero sugiere algo más profundo: que las alianzas no son incondicionales.
Al introducir la variable Malvinas, el dirigente instala una idea incómoda para la diplomacia occidental: que el respaldo de Estados Unidos podría, al menos en teoría, entrar en revisión si cambian los intereses estratégicos.
Es un mensaje que, aunque improbable en términos concretos, funciona como presión simbólica sobre Londres y como guiño político hacia sectores que buscan redefinir el rol global estadounidense.
Argentina is sending naval units to assist the U.S. in safeguarding international shipping in the Strait of Hormuz. The UK has refused. In 1982 President Reagan came to the aid of then PM Margaret Thatcher who was defending the UK colony in the Falkland Islands, claimed by…
— Marc Zell - מארק צל (@GOPIsrael) March 18, 2026
Para sostener su argumento, Zell recurre a la historia: la Guerra de las Malvinas. Allí, el entonces presidente Ronald Reagan respaldó a la primera ministra Margaret Thatcher frente a Argentina.
Pero ese paralelismo tiene límites claros. En plena Guerra Fría, la decisión de Washington respondía a una lógica de bloques, no a intercambios coyunturales de apoyo militar.
Trasladar esa lógica al presente implica simplificar un escenario mucho más complejo, donde intervienen intereses energéticos, alianzas regionales y disputas de poder global.

El corazón del planteo presenta una fragilidad evidente: no hay evidencia contundente de un despliegue relevante de Argentina en el Estrecho de Ormuz.
Sin ese elemento, la hipótesis pierde consistencia y se transforma más en una construcción política que en un análisis estratégico verificable.
Aun así, el impacto del mensaje no radica en su precisión, sino en su capacidad de instalar agenda.
Las Islas Malvinas siguen siendo una herida abierta en la política exterior argentina y un punto de fricción permanente en el sistema internacional.
A pesar de los reclamos diplomáticos sostenidos, la posición de Estados Unidos ha sido históricamente consistente: alineamiento con el Reino Unido como socio estratégico clave.
Pensar en un giro de esa magnitud no solo implica revisar décadas de política exterior, sino reconfigurar equilibrios globales que exceden por completo el caso Malvinas.
El mensaje de Marc Zell no cambia la realidad, pero sí revela algo más profundo: en la geopolítica actual, las narrativas también son herramientas de poder.
Instalar la idea de que Estados Unidos podría revisar su postura sobre Malvinas no es una predicción, sino una jugada discursiva.
Una forma de tensionar alianzas, de marcar posicionamientos ideológicos y de reintroducir viejos conflictos en nuevos escenarios.
Porque en el tablero global de 2026, incluso los temas que parecían congelados —como Malvinas— pueden volver a moverse.