Ricardo Cohen, más conocido como Rocambole, pasó por El Living de NewsDigitales para conversar con el periodista Juan Ignacio Provéndola. Fiel a su estilo, evitó definirse en términos cerrados. “Tengo cierta discrepancia con la palabrita artista”, había dicho años atrás, y en la charla esa tensión seguía presente, aunque con algunos matices: “Me reconcilié un poco. Hay gente que ha contribuido a la cultura universal, al desarrollo del humanismo… entonces, bueno, en algún punto soy artista”, concedió.
La conversación avanzó entre recuerdos, ideas y definiciones que nunca terminaron de fijarse del todo. Rocambole se movió, como su obra, en una frontera difusa entre el diseño, la ilustración, la pintura y la comunicación visual. Un territorio híbrido que, lejos de ser una limitación, reafirmó como su identidad.
Antes de convertirse en el responsable de una de las estéticas más reconocibles del rock argentino, su formación había estado atravesada por la cultura popular. La historieta fue central en ese recorrido. “Aprendí a dibujar, a leer y a escribir con las historietas”, recordó, evocando una época en la que revistas como Patoruzú vendían cientos de miles de ejemplares por semana.

Esa influencia convivió con otras más densas, como la de Ricardo Carpani o los grandes nombres de la historia del arte. Pero en su mirada no había contradicción: todo formaba parte de un mismo lenguaje. “El hombre es un animal artístico”, resumió.
Si algo atravesó toda su obra fue la dimensión política. No como consigna, sino como condición inevitable. “Toda acción es política. Incluso la no acción”, afirmó durante la entrevista.
Para Rocambole, el arte no podía desligarse de ese plano. “El arte es político cuando ayuda a que el hombre sea más humano”, sostuvo. No se trataba de propaganda ni de bajada de línea, sino de una forma de pensar el mundo y de intervenir en él desde la sensibilidad.
Su trabajo con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota marcó una época, aunque el fenómeno no fue inmediato ni planificado. “Al principio éramos un grupo chico, de amigos, performers… no más de 50 personas”, recordó.

El crecimiento llegó de manera progresiva. “Empezamos a ver gente que no conocíamos. Cada vez más. Mirábamos desde el camarín y decíamos: ‘¿Quiénes son todos estos?’”, contó. La imagen de la masa —tan presente en su obra— comenzó a tener un correlato real. “Era el aluvión”, describió.
Esa transformación terminó por convertir a Los Redondos en un fenómeno cultural mucho más amplio de lo que cualquiera había imaginado.
La separación de la banda no significó un cierre, sino una transición. “No era el fin de mi trabajo, era el fin de mi trabajo con Los Redondos”, aclaró.
A partir de ese momento, su obra tomó otra escala: grandes muestras, exposiciones en todo el país y un desarrollo más profundo de su trabajo pictórico. “Ahí empezó un poco mi trayecto más ambicioso”, explicó.
Durante casi cuatro décadas fue docente, y esa experiencia dejó una marca clara en su forma de comunicarse. “La docencia te entrena para la charla”, precisó.
Incluso después de jubilarse, ese impulso continuó. “Es un vicio”, admitió entre risas. Las giras, las charlas y el contacto con el público se consolidaron como una extensión natural de su recorrido. “Es una especie de excursión… y me saco el gusto de dar clases”, agregó.
La Plata apareció de manera recurrente en su obra. Murales, referencias visuales y escenas urbanas dieron cuenta de ese vínculo. “Vivo acá, entonces quiero dejar algún mensaje”, sostuvo.
Desde el mural sobre la libertad de prensa hasta la instalación del árbol invertido —pensada como símbolo de quienes intentaron cambiar el mundo—, su trabajo dialogó con la memoria colectiva y los procesos históricos.
A sus más de 80 años, Rocambole continuó proyectando. Libros, muestras e ideas pendientes formaron parte de un horizonte que se mantuvo abierto.
Con aniversarios clave en el horizonte —como los 40 años de Oktubre—, no descartó nuevas propuestas. “Supongo que va a ser un año intenso”, anticipó.
Más allá de fechas o celebraciones, su mirada se mantuvo intacta: abierta, curiosa y en movimiento. Como ese “león de chacra” que mencionó al comienzo de la charla, una imagen que, como su obra, no terminó de explicarse del todo, pero invitó a imaginar.