Las agencias de la ONU celebraron que la subalimentación en América Latina y el Caribe se redujo al 5,1 % de la población, eliminando el hambre para más de seis millones de personas. Países como Brasil, Uruguay y Costa Rica muestran índices inferiores al 2,5 % y el informe destaca que, pese a la pandemia y la recesión, la región ha logrado equilibrar las políticas sociales con la apertura de mercados agrícolas. Sin embargo, no todo es motivo de festejo: treinta y tres millones de latinoamericanos aún pasan hambre, 167 millones enfrentan inseguridad alimentaria y los alimentos saludables son cada vez más caros. La dieta saludable subió un 3,8 % hasta costar 5,16 dólares diarios por persona, un precio prohibitivo para el 27 % de la población, mientras la obesidad afecta a 141 millones de adultos.
En el lado opuesto, África occidental y el Cuerno de África viven una tormenta perfecta. En el nordeste de Nigeria, el Programa Mundial de Alimentos advierte que miles de personas podrían enfrentar hambre catastrófica por primera vez en una década. Más de 55 millones de africanos en esa región sufren escasez severa de alimentos y trece millones de niños se verán afectados por la malnutrición ante el recorte de ayuda internacional. El Gobierno estadounidense, bajo la consigna “America First”, ha reducido su asistencia y países europeos han redirigido fondos hacia sus propias prioridades, dejando a las agencias humanitarias con un déficit millonario. Las sequías recurrentes y las guerras empeoran el panorama, obligando a millones de familias a desplazarse hacia ciudades que no pueden ofrecerles sustento.
El contraste entre ambos continentes pone en evidencia que la lucha contra el hambre no depende sólo de la riqueza, sino del modelo de gobernanza. En América Latina, pese a gobiernos de diferentes signos, se han mantenido programas de apoyo a la agricultura familiar, se ha promovido la inversión privada y se han abierto mercados para exportar alimentos. Es cierto que aún persisten desigualdades y precios altos, pero el progreso es innegable. En África, la combinación de Estados frágiles, conflictos armados y dependencia de la ayuda exterior ha creado una vulnerabilidad que se agrava con cada sequía. La retirada de ayudas no se compensa con inversiones internas; los agricultores carecen de semillas resistentes y las infraestructuras de riego son precarias. Las consecuencias se reflejan en las oleadas migratorias hacia Europa y en la presión sobre los sistemas humanitarios.
Para las economías internacionales, la situación africana también tiene impacto: los precios de ciertos cultivos, como el cacao y el café, pueden aumentar si las cosechas se pierden por falta de lluvia y financiamiento. Las empresas de logística y seguros ven mayor riesgo al operar en regiones con conflictos. Europa se enfrenta a un dilema: recortar ayuda alimentaria puede ahorrarle fondos a corto plazo, pero a largo plazo alimenta la inestabilidad y las olas migratorias que tienen un coste político y social mayor. América Latina, por su parte, podría aprovechar su experiencia para exportar tecnología agrícola y modelos de asistencia social a África, consolidando nuevas alianzas económicas.

La principal lección que deja este contraste es que la autosuficiencia alimentaria es un objetivo estratégico. América Latina puede seguir reduciendo la subalimentación si invierte en infraestructura rural, mejora la distribución y combate la corrupción que filtra los programas sociales. África necesita diversificar sus fuentes de financiación, atraer capital privado y desarrollar resiliencia climática mediante innovación agrícola. Además, la comunidad internacional debe repensar los mecanismos de ayuda: en vez de promover la dependencia, hay que incentivar proyectos productivos que generen ingresos sostenibles. Cortar la ayuda de manera abrupta, como han hecho Estados Unidos y Reino Unido, tiene un efecto dominó que deja a millones al borde del hambre.

En definitiva, el hambre no es sólo una cuestión de falta de alimentos, sino de políticas coherentes. América Latina muestra que es posible avanzar incluso en tiempos de crisis si se combina mercado con protección social. África recuerda que la ausencia de instituciones fuertes y la dependencia de donantes pueden ser fatales. La solución reside en compartir conocimientos, invertir en resiliencia y rechazar las salidas populistas que prometen alimentos fáciles pero perpetúan la pobreza.