El primer ministro haitiano Alix Didier Fils-Aimé y la Comisión Nacional para el Desarme, Desmovilización y Reintegración presentaron un plan integral para atacar las raíces de la violencia. El programa busca que la respuesta a la crisis vaya más allá del combate militar y ofrezca oportunidades de reinserción laboral y social a los jóvenes que hoy son reclutados por bandas. Expertos de la ONU, la OIM, UNICEF, la UE y la UNESCO colaboran en la elaboración de políticas públicas que incluyan educación, empleo y convivencia.
Esta estrategia reconoce que la represión aislada fracasó y que urge restablecer la autoridad estatal. La Cnddr destacó que sin alternativas de vida, miles de jóvenes seguirán entregándose a organizaciones criminales. La demanda a la comunidad internacional es contundente: se necesitan recursos para programas de desarrollo que eviten que Haití siga siendo un territorio fértil para el crimen organizado.
El caso haitiano recuerda al programa México te Abraza, diseñado para ayudar a los 189 830 mexicanos deportados desde EE. UU. entre 2025 y marzo de 2026. La Secretaría de Gobernación informó que 34 dependencias brindan apoyos para reintegrar a los repatriados mediante módulos en once puntos fronterizos y en ciudades del sur, entregando actas, 93 000 certificados de nacimiento y 114 000 tarjetas del Bienestar con 2 000 pesos para arrancar nuevas actividades económicas. Aunque México presume éxito, estos programas generan costos fiscales significativos y un aparato asistencial que, según críticos, fomenta dependencia.
La diferencia fundamental es que Haití no cuenta con un Estado capaz de financiar bonos y tarjetones. Con una economía devastada, la apuesta haitiana debe centrarse en atraer inversión privada y crear empleo formal, no en replicar un modelo asistencial. Las remesas y la ayuda internacional pueden sostenerse un tiempo, pero sin seguridad y reglas claras no llegarán inversiones que generen crecimiento. La experiencia mexicana demuestra que la reintegración debe vincularse a la productividad y a incentivos para emprender.

Sin un giro drástico, Haití corre el riesgo de quedarse en la periferia del desarrollo regional. La crisis de seguridad genera un círculo vicioso: sin empleo no hay paz y sin paz no hay inversión. Por ello, integrar a los jóvenes a la economía formal es clave. La participación de organismos internacionales es positiva, pero no sustituye el liderazgo local y la atracción de capitales.

A diferencia de México, donde el Estado reparte dinero para amortiguar la deportación masiva, Haití debería promover políticas promercado que incentiven a empresas a instalarse, aprovechando su cercanía a Estados Unidos. Solo así se evitará que el país continúe perdiendo capital humano y se convertirá la violencia en oportunidad de crecimiento para las nuevas generaciones.