Brasil vuelve al centro de la escena diplomática regional con el viaje del presidente Luiz Inácio Lula da Silva a Bogotá. Allí participará en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y en el primer foro CELAC‑África. La cita busca impulsar la integración latinoamericana, discutir estrategias de desarrollo y reforzar la colaboración con la Unión Africana. La agenda incluye temas como la lucha contra la pobreza, el cambio climático y el fortalecimiento del comercio interregional, pero también pretende posicionar a Brasil como líder de un bloque que defienda los intereses del Sur global.
Horas antes de la cumbre, la secretaria de América Latina, Gisela Padovan, defendió la participación de Lula como “un compromiso constitucional” y criticó el creciente unilateralismo internacional. Señaló que la reunión con la Unión Africana abordará temas de cooperación Sur‑Sur, reparaciones históricas y justicia racial, así como la promoción de inversiones y comercio. Padovan subrayó que la CELAC debe ser un instrumento de integración frente a sanciones y medidas coercitivas, y que el foro con África servirá para estrechar lazos entre ambos continentes.
La apuesta de Lula por el multilateralismo contrasta con la creciente tendencia de algunos países a actuar de manera unilateral. Sin embargo, la retórica anti‑imperialista suele esconder la ineficacia de muchos organismos regionales. La CELAC carece de mecanismos vinculantes y, aunque pretende impulsar la integración, a menudo se convierte en un escenario de discursos ideológicos más que de acuerdos concretos. La inclusión de un foro con África apunta a reparar deudas históricas, pero la atención se centra en demandas de compensación que podrían alejar a los inversores en lugar de atraerlos.
Para que la agenda Sur‑Sur tenga resultados tangibles, los países miembros deberían enfocarse en eliminar barreras arancelarias, garantizar seguridad jurídica y facilitar la entrada de capital privado. De lo contrario, los encuentros serán costosos ejercicios de diplomacia simbólica que no mejoran las condiciones de vida. Desde una visión liberal, la mejor integración no surge de discursos sino de apertura económica, respeto a la propiedad y reducción del gasto público. La historia demuestra que la prosperidad llega cuando se fortalecen las instituciones y se respeta el mercado.

El liderazgo brasileño podría aprovechar la plataforma de la CELAC para promover iniciativas concretas como la interconexión energética, la unificación de normas sanitarias y la reducción de trámites que obstaculizan el comercio. La cooperación con África tiene potencial en áreas como agricultura, salud y tecnología, siempre que se base en principios de reciprocidad y beneficio mutuo. Lula, sin embargo, enfrenta críticas internas por priorizar la diplomacia sobre la economía, mientras en Brasil persisten desafíos como la inflación y la inseguridad.

La oportunidad de una cooperación Sur‑Sur productiva depende de que los países adopten reformas internas que generen confianza. Los foros sirven para anunciar proyectos, pero la inversión llega cuando se garantizan reglas claras. Si Lula y sus colegas latinoamericanos eligen el camino del libre comercio y la responsabilidad fiscal, la CELAC podría dejar de ser un club retórico y convertirse en un motor de desarrollo. De lo contrario, continuarán los discursos sobre reparaciones y colonialismo mientras las economías siguen estancadas.