Hay mitos que circulan con insistencia en internet, uno es el que dice que el crecimiento del evangelismo en la Argentina fue el resultado de una operación extranjera, diseñada en el marco de la Guerra Fría para debilitar a la Iglesia Católica en América Latina. La hipótesis suena plausible. Poderes oscuros, inteligencia, religión, geopolítica, todos los elementos de una buena teoría conspirativa. Pero la historia real siempre es bastante más compleja —y, paradójicamente, bastante más argentina.
Para entenderla hay que retroceder no sólo en el tiempo, sino en la propia historia del cristianismo. Lejos de ser un bloque homogéneo, la religión se fragmentó en distintos momentos clave. El primero, en el año 1054, con el cisma entre Oriente y Occidente. El segundo, en el siglo XVI, con la Reforma Protestante, que dio origen a iglesias que ya no respondían a Roma. Martín Lutero, un monje agustino —como el actual Papa—, cuestionó no sólo la autoridad papal sino también la estructura jerárquica del alto clero.
De ese mundo reformado surgirían, siglos más tarde, nuevas corrientes. Entre ellas, el evangelismo, y particularmente su vertiente pentecostal, una forma de religiosidad centrada en la experiencia directa, la emoción, el testimonio, la sanación. En la Argentina, esa historia tiene un punto de inflexión preciso y fue 1954.
El gran salto del evangelismo en el país ocurrió en 1954, en medio de una crisis política interna. Ese año, el gobierno de Juan Domingo Perón entró en conflicto abierto con la Iglesia Católica, rompiendo un vínculo que hasta entonces había sido estratégico. En ese contexto llegó a Buenos Aires un predicador texano poco conocido, un tal Tommy Hicks.
Lo que iba a ser una campaña breve —planeada inicialmente para 15 días— terminó extendiéndose durante casi dos meses. Durante 58 días, multitudes asistieron a reuniones de “avivamiento” donde se predicaba sobre milagros, sanaciones y conversiones públicas.
Las cifras de la época resultan impactantes incluso hoy, la Policía Federal estimó unos 6 millones de asistentes acumulados a lo largo de toda la campaña. En su jornada final, cerca de 400.000 personas participaron de la convocatoria. El fenómeno desbordó todos los marcos conocidos. Hicks predicó en espacios masivos como el estadio de Huracán, con capacidad para decenas de miles de personas, tuvo acceso a la radio y a la prensa estatal, y contó con libertades poco habituales para un predicador extranjero ¿Cómo fue posible que un ignoto pastor consiguiera tales concesiones?
Alrededor de la campaña creció otro relato, esta vez interno al propio mundo evangélico. Según ese mito, Hicks habría tenido una revelación divina en un avión, tras la cual llegó al país, curó al propio Perón y obtuvo de él las concesiones necesarias para predicar libremente. No hay evidencia sólida que respalde esa versión. Pero su persistencia dice algo importante, incluso dentro del evangelismo, el episodio fue percibido como algo extraordinario. Lo cierto es que la campaña se dio en un momento de vacío simbólico y político. La muerte de Eva Perón en 1952 había dejado una marca profunda en la vida emocional del país. Dos años después, en medio de tensiones con la Iglesia, emergía una forma distinta de religiosidad más directa y menos institucional. Las crónicas de la época hablan incluso de “histeria colectiva”. Pero también de algo más difícil de medir, una necesidad de experiencia religiosa que no encontraba cauce en las estructuras tradicionales.
La campaña de 1954 no creó por sí sola el evangelismo argentino, pero sí introdujo una lógica que luego se expandiría. El fenómeno contemporáneo recién explotaría décadas más tarde, especialmente a partir de los años ochenta. Allí el evangelismo —sobre todo el pentecostal— comenzó a crecer de manera sostenida, con fuerte presencia territorial y capilaridad social.
Hoy, ese crecimiento es evidente en los datos. Según el censo de 1947, los católicos representaban el 93,6% de la población. En 1960, ese número había bajado al 90%. Pero el cambio más fuerte se observa en las últimas décadas, según estudios del Conicet, el catolicismo pasó del 76,5% en 2008 al 62,9% en 2019. En ese mismo período, los evangélicos crecieron del 9% al 15,3% —más de 7 millones de personas—, mientras que quienes no profesan ninguna religión también aumentaron significativamente. Las estimaciones actuales ubican a la población evangélica entre el 15% y el 25% del país, en línea con otros países de América Latina donde el fenómeno es aún más intenso.
El crecimiento no es homogéneo. Tiene patrones claros. Se expande con fuerza en el NEA y el NOA, y entre los sectores populares. También entre los jóvenes, en la franja de 18 a 29 años se registran los niveles más altos tanto de evangélicos como de personas sin religión, y los más bajos de católicos. La práctica también marca una diferencia. Mientras que más de la mitad de los católicos asiste a la iglesia sólo en ocasiones especiales, los evangélicos muestran niveles mucho más altos de participación regular. Esa intensidad no es menor, ya que forma comunidades, redes entre personas y por tanto pertenencia, aumentando la tasa de reproducción del culto.
El evangelismo no es un bloque homogéneo, pero comparte ciertos rasgos. En lo social, suele adoptar posiciones conservadoras —oposición al aborto o a la agenda LGBT—, mientras que en lo económico incorpora con frecuencia elementos de la llamada “teología de la prosperidad”, la idea de que la riqueza material puede ser signo de bendición divina.
Ese cruce entre fe y prosperidad ha generado controversias. En los últimos años, casos como el del pastor Jorge Ledesma —investigado por presunto lavado de dinero tras relatos de “milagros” vinculados a transformaciones materiales— pusieron el tema en el centro de la discusión pública. En paralelo, el evangelismo empezó a ganar presencia política. Aunque no existe un “voto evangélico” homogéneo, sí hay mayor representación institucional, legisladores en el Congreso, vínculos con gobiernos provinciales y encuentros frecuentes con el presidente Javier Milei.
La expansión del evangelismo en la Argentina no puede explicarse sólo por la política, ni por conspiraciones externas, ni por modas recientes, sino como parte de un proceso más largo y continuado en el tiempo. 1954 aparece como un episodio significativo —la llegada de un predicador que movilizó multitudes—, pero no necesariamente como un punto de origen. Más bien, como una señal temprana de tensiones y cambios dentro de una tradición religiosa que, con matices y disputas, sigue teniendo en el catolicismo su raíz histórica dominante.