Tras su gira internacional, Javier Milei regresa al país sin actividades oficiales previstas, en un contexto político marcado por tensiones crecientes dentro de su propio Gobierno. Lejos de “oxigenar” la situación, el Presidente vuelve a una Casa Rosada atravesada por disputas de poder, escándalos y reclamos internos para que intervenga.
El foco está puesto en la interna entre Karina Milei y Santiago Caputo, que vuelve a escalar en medio de las causas vinculadas a $LIBRA, ANDIS y las denuncias que rodean al jefe de Gabinete, Manuel Adorni. En ese marco, distintos sectores libertarios empiezan a exigir una definición: sostener el equilibrio del llamado “Triángulo de Hierro” o inclinar la balanza de forma definitiva.
La tensión no es nueva, pero se profundizó en las últimas semanas. Karina Milei desconfía del poder que acumula Santiago Caputo y busca avanzar sobre áreas estratégicas como la SIDE, ARCA y el Ministerio de Salud. El Presidente, por ahora, evita romper ese equilibrio, aunque alterna gestos hacia ambos sectores.
Uno de ellos fue el elogio público de Javier Milei a Caputo durante un acto en el Palacio Libertad, donde lo calificó como “genio”. El gesto no pasó desapercibido: Karina Milei no acompañó el aplauso y dejó expuesta la incomodidad en plena escena pública.

En paralelo, el escándalo que envuelve a Manuel Adorni suma presión sobre la Casa Rosada. Pese a las denuncias y las pruebas que se acumulan -incluido el episodio del jet privado-, el Presidente decidió sostenerlo, convencido de que los cuestionamientos apuntan a debilitar a su círculo más cercano.
El clima interno se vuelve cada vez más denso. Funcionarios admiten que “no se puede seguir así” y reclaman una intervención directa del Presidente para ordenar la interna. La disputa entre Karina Milei y Santiago Caputo ya no es subterránea y empieza a impactar en la toma de decisiones del Gobierno.
En paralelo, el karinismo también comenzó a marcar límites a otras figuras del gabinete, como Patricia Bullrich, cuyo crecimiento político genera ruido dentro del oficialismo. Sin agenda internacional en el horizonte, Javier Milei enfrenta ahora un desafío inmediato: ordenar el poder interno sin erosionar su propia conducción.