El 24 de marzo de 2004 quedó marcado como uno de los días más significativos a nivel simbólico del gobierno de Néstor Kirchner.
A menos de un año de haber asumido la presidencia, encabezó un acto histórico en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde firmó el convenio para transformar el predio en un Espacio para la Memoria y pidió perdón en nombre del Estado por los crímenes de la última dictadura.
A 22 años de aquella jornada, el recuerdo de ese acto sigue siendo central en la construcción simbólica del kirchnerismo, en una ceremonia que combinó definiciones políticas y una fuerte participación social y cultural.
El acto formalizó la cesión del predio de la ESMA -uno de los principales centros clandestinos de detención durante la dictadura- para convertirlo en un espacio dedicado a la memoria y la promoción de los derechos humanos.
La firma del convenio entre Kirchner y el entonces jefe de Gobierno porteño, Aníbal Ibarra, fue breve, pero simbólicamente contundente. Tras ese gesto, se abrieron las rejas del predio y miles de personas comenzaron a ingresar a un lugar que durante años había sido sinónimo de horror.
Organismos de derechos humanos, sobrevivientes y familiares de desaparecidos participaron de la jornada, que reunió a unas 40 mil personas según estimaciones oficiales. Las inmediaciones se poblaron de fotos, flores y consignas.
El momento más recordado del acto fue el discurso de Kirchner: “Vengo a pedir perdón de parte del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia por tantas atrocidades”, afirmó. El olvido al rol de Raúl Alfonsín fue una de las aristas que generó una rápida polémica.
En otro tramo, el presidente subrayó el sentido de su intervención: “No es rencor ni odio lo que nos guía, es justicia y lucha contra la impunidad”. Y fue más allá al referirse a los responsables del terrorismo de Estado: “Tienen un solo nombre: son asesinos repudiados por el pueblo argentino”.
Kirchner también apeló a su identidad política y generacional: “No vengo en nombre de ningún partido, vengo como compañero y también como Presidente de la Nación Argentina”.
Durante su mensaje, el mandatario evocó a la generación de los años ’70: “Veía los brazos de mis compañeros, de la generación que creyó y que sigue creyendo en que este país se puede cambiar”, expresó, visiblemente emocionado.
En ese sentido, sostuvo que el objetivo era evitar retrocesos: “Está en ustedes que nunca más la oscuridad y el oscurantismo vuelvan a reinar en la Patria”, y reafirmó el compromiso con la memoria: “Queremos que haya justicia, queremos una recuperación fortísima de la memoria”.
Kirchner también llamó a no caer en divisiones internas y a sostener la lucha colectiva: “Esto no puede ser un tira y afloje entre quién peleó más o peleó menos”, advirtió.
Otro de los momentos más conmovedores de la jornada fue la participación de jóvenes nacidos en cautiverio durante la dictadura, entre ellos Juan Cabandié, quien había recuperado su identidad poco tiempo antes. Luego se convertiría en legislador, pieza clave de La Cámpora y funcionario del gobierno de Alberto Fernández.
“Soy el nieto 77”, se presentó, y dejó una frase que se volvió emblemática: “La verdad es la libertad absoluta”. Su testimonio, junto al de otros hijos de desaparecidos, reforzó el eje central del acto: la búsqueda de identidad, justicia y reparación.
También participaron representantes de organismos como H.I.J.O.S., quienes reclamaron la continuidad de los juicios, la apertura de archivos y la identificación de los nietos apropiados.
El acto contó con una fuerte presencia cultural. Sobre el escenario, artistas como León Gieco, Víctor Heredia y Joan Manuel Serrat interpretaron canciones emblemáticas como “Sólo le pido a Dios”, “Todavía cantamos” y “Para la libertad”.
La música funcionó como cierre de una jornada cargada de simbolismo, donde también se escuchó el Himno Nacional en versión de Charly García y se realizaron intervenciones artísticas.
El predio, que durante años fue un centro de tortura y exterminio, se transformó por unas horas en un espacio de encuentro, memoria y expresión colectiva. Una etapa donde el kirchnerismo logró conquistar eficazmente a sectores progresistas que se habían mantenido al margen de la política partidaria.