El regreso de Javier Milei al país tras su gira por Europa no trajo alivio, sino la necesidad urgente de ordenar un frente interno cada vez más tensionado. Sin agenda pública inmediata, el Presidente eligió dar una señal política clara: respaldar a Manuel Adorni en medio del escándalo que lo rodea y evitar cualquier gesto que pueda leerse como una concesión ante la presión opositora.

La decisión expone un dilema más profundo. En la Casa Rosada entienden que desplazar al jefe de Gabinete implicaría validar el eje de ataque que impulsa el kirchnerismo, pero sostenerlo también tiene costos. Adorni dejó de ser un activo político y pasó a convertirse en un factor de desgaste que impacta directamente en la narrativa de orden y superioridad moral que el propio Milei instaló como base de su legitimidad.
El problema, sin embargo, no se limita a un nombre propio. La interna entre Karina Milei y Santiago Caputo sigue atravesando al Gobierno y condiciona la toma de decisiones. El llamado “triángulo de hierro” ya no funciona como un bloque compacto, sino como un esquema en tensión permanente, con disputas por áreas clave y desconfianzas que empiezan a filtrarse en la gestión.
En ese contexto, el Presidente intenta sostener un equilibrio cada vez más inestable. El respaldo explícito a su hermana convive con gestos hacia Caputo para evitar una ruptura, pero el margen de maniobra se achica. Cada episodio -desde el caso $LIBRA hasta las polémicas alrededor de Adorni- profundiza la fragilidad de ese armado.
En paralelo, el oficialismo busca recuperar la iniciativa política. La Casa Rosada apunta a reactivar la agenda legislativa, avanzar con proyectos demorados y retomar el control del debate público. La estrategia es clara: salir del eje defensivo y volver a marcar el ritmo en un escenario donde la oposición logró instalar temas incómodos para el Gobierno.
El frente económico aporta matices, pero no resuelve la tensión. Mientras el equipo de Luis Caputo muestra indicadores de recuperación, la percepción social sigue marcada por la caída del poder adquisitivo y el freno del consumo. Esa brecha entre los datos macro y la experiencia cotidiana alimenta el terreno sobre el que la oposición construye su ofensiva.
En ese marco, el caso $LIBRA funciona como un punto de convergencia. Las revelaciones sobre el entorno presidencial y los vínculos con actores privados impactan de lleno en el discurso oficial. Aunque en el Gobierno insisten en que se trata de operaciones, el efecto político es concreto: erosiona uno de los pilares centrales de la gestión.

La movilización por los 50 años del golpe militar aparece como el próximo escenario de disputa. El oficialismo buscará dar la batalla cultural con su propio relato, mientras el peronismo prepara una demostración de fuerza que apunta a capitalizar el desgaste del Gobierno. La calle y el Congreso vuelven a cruzarse como espacios de presión política.
El sostén de Manuel Adorni revela más una necesidad que una fortaleza. En la Casa Rosada creen que ceder ahora sería abrir una señal de debilidad, pero también admiten que el margen para sostener situaciones de desgaste no es infinito en un contexto de alta exposición.
Al mismo tiempo, la combinación de interna libertaria, presión opositora y malestar social empieza a configurar un escenario más exigente para Javier Milei, que apuesta a resistir sin modificar el rumbo. La incógnita es cuánto tiempo podrá sostener ese equilibrio antes de que la tensión interna termine condicionando su capacidad de gobierno.