A más de tres décadas de su emisión, una entrevista televisiva concedida por Raúl Alfonsín en España el 26 de junio de 1990 vuelve a circular con fuerza en la Argentina cada vez que se aproxima el aniversario del Golpe de Estado en Argentina de 1976.
En ese diálogo, el exmandatario ensayó un balance de su gestión, defendió el proceso de juzgamiento a las juntas militares y dejó definiciones que hoy reaparecen en el debate público sobre la violencia política de los años 70, el rol de las organizaciones armadas y el número de desaparecidos. Concretamente, rechazó que fueran 30.000.
Consultado sobre su paso por la presidencia, Alfonsín rechazó las visiones más críticas que sostenían que había “perdido todo” durante su gestión. “No, tampoco tanto. Logramos lo más importante que se puede pensar que podíamos lograr, que era la consolidación de la democracia”, afirmó.
En esa línea, destacó un hecho que consideraba histórico: “Trasladar ya el poder a otro presidente elegido por el pueblo, y es la primera vez en la historia argentina que pasa esto, que pasa el poder a otro presidente elegido por el pueblo de partido distinto”.
Sin embargo, también reconoció errores. “Yo pienso siempre que el error más grande que yo cometí es el de no haber impulsado, cuando el Plan Austral, con mucha más fuerza, una movilización nacional”, explicó. Y añadió: “Ser presidente en una época de crisis como la que nosotros vivimos significa hacer más o menos unas diez apuestas por día. Seguramente perdía tres o cuatro por día”.
Uno de los ejes centrales de la entrevista fue la tensión entre democracia y crisis económica, en un país golpeado por la inflación y la deuda externa.
“¿Ustedes creen que es rico? No lo es más”, sostuvo Alfonsín sobre la Argentina, al tiempo que atribuyó parte de la crisis a las condiciones del comercio internacional: “Hay políticas de comercio exterior de los países desarrollados que nos han empobrecido”.
Frente a la idea de que la democracia podría no resistir niveles altos de pobreza, fue categórico: “Eso no va a pasar porque el pueblo argentino sabe que sin libertad no se come”. Y agregó: “No quiero decir que la democracia dé la solución a los problemas sociales, pero estoy seguro que cuando no hay democracia es cuando las cosas se hacen peor”.
También definió el proceso democrático en la región como una “verdadera epopeya”: “Hemos hecho la democracia en la Argentina, en Uruguay, en Brasil, en Paraguay, en Bolivia, en Perú, en Chile, en diez años, en el marco de la marginalidad y la pobreza”.
Alfonsín defendió con énfasis su política de derechos humanos, especialmente el juicio a las juntas militares tras el fin de la dictadura.
“Nosotros teníamos un determinado reclamo social y por eso hicimos lo que no se hizo en ninguna parte del mundo”, afirmó. Y desafió a sus críticos: “Algunos debieran decirme si hay algún país que hiciera lo que nosotros hicimos”.
Al comparar con otros procesos en la región, señaló: “En Uruguay hubo amnistía, en Brasil hubo amnistía… los reclamos sociales eran distintos”.
También introdujo una reflexión sobre los límites de la justicia en contextos de transición: “Tenemos que cuidar desde luego los derechos humanos para atrás, pero también hay que cuidarlos para adelante”.
Uno de los tramos más sensibles de la entrevista fue cuando se abordó el número de desaparecidos durante la dictadura. Ante la mención de 30.000 víctimas, Alfonsín respondió: “No, no, 30.000 no, 10.000. Pero de todos modos, que sean mil, que sean diez, que sean cinco”.
En ese mismo pasaje, planteó una mirada compleja sobre el contexto de violencia política: “En la Argentina era necesario luchar contra la subversión terrorista”. No obstante, aclaró el eje de su crítica: “Lo que tuvimos en contra nosotros es de los métodos que se utilizaron para luchar contra esa subversión terrorista”.
Respecto a las críticas de organismos como las Madres de Plaza de Mayo, señaló: “Yo respeto enormemente el dolor que tienen por lo que ha sucedido con los hijos, pero en definitiva estaban reivindicando una actitud también violenta de los hijos”.
En otro tramo, Alfonsín advirtió sobre los riesgos de soluciones autoritarias frente a la crisis: “Son peligrosos todos los mesiánicos, que por lo general están vinculados a concepciones fundamentalistas, siempre antidemocráticas”.
Ante una hipótesis planteada durante la entrevista —que sugería que la sociedad podría aceptar violaciones a los derechos humanos a cambio de estabilidad económica— respondió: “No creo que esto… es un pensamiento aislado absolutamente”.
Y añadió: “Al recuperar la libertad autónomamente la sociedad argentina se ha dado una nueva constelación de valores. Está disponible para el diálogo, para el compromiso, para la tolerancia”.
La entrevista también abordó el contexto político inmediato, marcado por la posibilidad de indultos a militares. Alfonsín fue claro: “Yo estoy en contra y estoy contra mi partido”.
Lejos de retirarse, Alfonsín explicó por qué seguía activo en la política: “Tenía que optar entre ser un expresidente que de vez en cuando escribía un artículo… o ser un político. Y yo sigo en política”.
También expresó su temor más profundo: “A mí me da mucho miedo fallar. Más que perder la credibilidad, fallarle a la gente”.
Sobre un eventual regreso al poder, evitó definiciones tajantes: “No creo que fuera bueno para la Argentina que sea presidido por un hombre que es odiado por algunos sectores”.
Con el paso del tiempo, aquella entrevista en España se convirtió en un documento recurrente en la discusión pública argentina. Cada nuevo aniversario del golpe de 1976 reactiva no solo la memoria histórica, sino también debates persistentes sobre la violencia política, la responsabilidad de los actores de los años 70 y las políticas de derechos humanos.