Que la democracia puede no existir. Que no es algo evidente. Esa es la lección más fuerte de la memoria. Esa memoria es una alerta que transmite el conocimiento, por primera mano, de que la vida propia, la vida individual, lejos de darse por garantizado puede ser el objeto de la muerte o la desaparición. Y no solo en el sentido bárbaro o de arrabal de que el puñal es el destino del hombre porque la vida es salvaje y sus destinos, azarosos.
Esta es otra muerte, una muerte organizada sistemáticamente por un aparato institucional con extensión territorial de largo alcance y una ventaja infinita en cuánto a herramientas respecto a cualquier persona o conjunto de personas a las que se enfrenten. La dictadura es el reverso de la democracia.
Pero esa democracia llegó al 76 ya muy desprestigiada, no de un modo distinto al que sucede hoy y de un modo cada vez mayor. Desprestigiada no solo por las propias élites, partidos, y militantes políticos, de todos los colores, sino principalmente por el sujeto del que dice ser servidor, la población en su conjunto o pueblo. Es que, si no es capaz de obtener resultados, la democracia pasa a ser vista como un obstáculo. El porcentaje de participación electoral del año pasado no estuvo ni cerca de superar el 60% promediando a nivel nacional.
Javier Milei fue el castigo que el pueblo argentino eligió para aleccionar a la clase política. En un primer momento, el anticasta parecía presentarse como un punto de ruptura del período 2003-2023. Si éste estaba enmarcado en un consenso antimenemista y un tablero corrido, por eso, hacia la izquierda, la nueva época estaría inclinada a la derecha por la propia inercia polar y dicotómica de los procesos. Pero lejos de una nueva hegemonía se consolida una caída y Milei lejos de ser el primer ladrillo de una nueva época parece el hijo bobo producto del incesto de un país que no puede salir adelante.
De seguir sin revertirse el destino del país probablemente las próximas elecciones votará menos gente y, como pasa en otros lugares del mundo, habrá un consenso sobre la ineficacia de la democracia. De manera paradójica ese discurso hace aún más difícil que la propia democracia funcione. Lo cual lo convierte en un círculo vicioso de desconfianza.
El problema es que con la democracia no se come pero sin la democracia menos. Y cuando no hay democracia en general los muertos vienen más de un lado que del otro. La última dictadura militar no solo desapareció más enemigos que tuvo bajas propias sino que implicó el nacimiento de la dependencia económica Argentina a partir de los procesos de endeudamiento externo y representó uno de los golpes más fuertes en contra de la complejización de su economía y su desarrollo.
Esto pone en un dilema a quienes están cansados y desanimados con la democracia y por la democracia. Lo paradójico, que forma parte del problema, es que ese cansancio es más con la democracia que con las élites políticas que la hicieron fracasar. Lo humano demasiado humano de todo nos recuerda que aun las instituciones son relaciones entre un conjunto finito de personas y que son a ellas a quienes hay que reclamar y responsabilizar. Esa finitud de las cosas es también la de la democracia, que depende en la medida que un conjunto de personas, es decir nosotros, estemos dispuesta a defenderla.