26/03/2026 - Edición Nº1143

Internacionales

Iglesia anglicana

Sarah Mullally hace historia como primera arzobispa de Canterbury

26/03/2026 | La nueva líder espiritual asumió en una ceremonia cargada de simbolismo y enfrenta el desafío de unir una comunidad global atravesada por tensiones internas.



La entronización de Sarah Mullally como nueva arzobispa de Canterbury marca un punto de inflexión en la historia de la Iglesia Anglicana. Por primera vez en más de 1.400 años, una mujer ocupa el cargo más alto de esta tradición cristiana, que reúne a unos 85 millones de fieles en todo el mundo.

La ceremonia se realizó en la Catedral de Canterbury, donde Mullally tomó asiento en la Cátedra de San Agustín, un símbolo de continuidad espiritual que remite a los orígenes del cristianismo en Inglaterra. Frente a más de 2.000 invitados, entre autoridades políticas, religiosas y miembros de la realeza británica, comenzó oficialmente un liderazgo que combina tradición y cambio.

Un perfil marcado por el servicio

Con 63 años y una trayectoria poco convencional, Mullally llegó a este puesto tras una carrera que comenzó fuera de la estructura eclesiástica: fue enfermera en el sistema público de salud antes de ordenarse como sacerdotisa. Su perfil, vinculado al cuidado y la vocación social, se convirtió en uno de los ejes de su mensaje inicial.

En su primer sermón, hizo un llamado a la paz en un mundo atravesado por conflictos, mencionando escenarios como Medio Oriente, Ucrania, Sudán y Myanmar. Pero también abordó uno de los temas más sensibles para la institución: los errores del pasado en materia de protección infantil. Reconoció el daño causado y subrayó la necesidad de sostener un compromiso activo con la verdad, la justicia y la responsabilidad.

Una Iglesia global atravesada por tensiones

Su llegada se produce en un contexto complejo para el anglicanismo. A diferencia del Papa en la Iglesia Católica, el arzobispo de Canterbury no ejerce una autoridad jerárquica directa sobre toda la comunidad global, sino que su rol es principalmente simbólico y de liderazgo moral. Esto implica que su capacidad de influencia depende del diálogo y la construcción de consensos.

En los últimos años, esa tarea se volvió especialmente difícil. Las tensiones entre sectores progresistas y conservadores se profundizaron en temas como el reconocimiento de las relaciones entre personas del mismo sexo y el lugar de las mujeres dentro de la Iglesia. Estas diferencias son particularmente marcadas entre la Iglesia de Inglaterra y varias provincias africanas y asiáticas, donde prevalecen posturas más tradicionales.


Mullally durante el servicio religioso, con vestimenta litúrgica tradicional, en una ceremonia que combinó siglos de tradición con señales de cambio.

El propio nombramiento de Mullally generó resistencias en algunos de esos sectores. Sin embargo, en las semanas previas a su entronización, los grupos más críticos optaron por moderar su postura institucional, evitando una ruptura formal que podría haber debilitado aún más la unidad de la Comunión Anglicana.

Símbolos, historia y señales de cambio

La ceremonia reflejó esa diversidad global. Hubo lecturas y oraciones en distintos idiomas, y la participación de un coro africano que aportó una impronta cultural distinta a un ritual históricamente europeo. Incluso algunos símbolos personales de Mullally, como un broche inspirado en su etapa como enfermera, buscaron transmitir una imagen de cercanía y renovación.


Interior de la Catedral de Canterbury durante la entronización, con lecturas en distintos idiomas que reflejaron el carácter global del anglicanismo.

También estuvo presente un gesto cargado de historia: la nueva arzobispa llevó un anillo que había sido entregado en 1966 por Pablo VI a uno de sus predecesores, en un momento clave de acercamiento entre anglicanos y católicos tras siglos de distancia desde la ruptura impulsada por Enrique VIII en el siglo XVI.

El desafío que enfrenta ahora Mullally es doble: sostener la unidad de una comunidad profundamente diversa y, al mismo tiempo, responder a las demandas de cambio que atraviesan a la Iglesia en el siglo XXI. Su liderazgo comienza en un momento en el que el anglicanismo redefine su lugar en el mundo, entre la tradición y la transformación.