En el punto más álgido de la Guerra Fría, cuando el equilibrio mundial dependía de la capacidad de destrucción de dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética avanzaron en un intento por contener la escalada nuclear. Viena fue elegida como sede neutral, algo habitual en plena Guerra Fría para este tipo de negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El acuerdo SALT II fue uno de los esfuerzos más ambiciosos en esa dirección: poner límites a un arsenal que crecía sin control y que mantenía al mundo bajo la amenaza constante de un conflicto devastador.
Firmado por Jimmy Carter y Leonid Brezhnev, el tratado establecía restricciones a la cantidad de misiles balísticos intercontinentales, bombarderos estratégicos y otros sistemas capaces de transportar armas nucleares. No se trataba de desarme total, sino de algo más pragmático: regular la competencia para evitar que se volviera incontrolable.
Desde finales de la década de 1950, ambas potencias habían desarrollado miles de ojivas nucleares. La lógica de la “destrucción mutua asegurada” implicaba que cualquier ataque sería respondido con una represalia devastadora, lo que generaba una tensa estabilidad, pero también un riesgo permanente.
En ese contexto, los acuerdos SALT, iniciados años antes, buscaban introducir previsibilidad. SALT II fue un paso más allá, intentando frenar no solo la cantidad sino también la sofisticación de los sistemas armamentísticos. El objetivo era claro: evitar que los avances tecnológicos rompieran el delicado equilibrio estratégico.
El acuerdo, sin embargo, quedó atrapado en el clima geopolítico de la época. La invasión soviética de Afganistán en 1979 deterioró rápidamente las relaciones entre ambos países y frenó su ratificación en Estados Unidos. A pesar de eso, el entendimiento no fue completamente inútil. Durante varios años, tanto Washington como Moscú respetaron en gran medida los límites establecidos. Incluso sin aprobación formal, el tratado funcionó como una guía para contener la escalada nuclear.

SALT II no resolvió la competencia nuclear, pero sentó bases importantes. Fue un antecedente directo de acuerdos posteriores que sí lograron reducir arsenales, como los tratados START tras el fin de la Guerra Fría.
Hoy, en un escenario internacional nuevamente atravesado por tensiones entre potencias, el recuerdo de estos acuerdos cobra nueva relevancia. La historia de SALT II refleja hasta qué punto la diplomacia puede actuar como un freno en contextos de máxima rivalidad, y cómo incluso los avances parciales pueden tener impacto duradero en la seguridad global.