En los sillones de Lado Vida, Tomás Deffis se sentó a hablar en una entrevista con Julián Aprea que permitió conocer el “detrás del personaje”. Pero no desde el rol que lo hizo conocido como Cofla, sino desde un lugar mucho más incómodo: el de la honestidad. En una charla extensa, atravesada por el humor y la reflexión, dejó ver una versión propia que rara vez aparece en cámara, más ligada a las dudas que a las certezas.
En ese recorrido, uno de los primeros recuerdos que apareció fue el de su infancia y el descubrimiento del daltonismo. Confusiones con colores, situaciones cotidianas que no cerraban y una sensación de desajuste que lo acompañó desde chico. “El rojo y el verde me los confundo”, explicó, como quien todavía convive con esa dificultad.

El momento más íntimo llegó cuando habló de la enuresis que sufrió durante años. No como dato médico, sino como experiencia emocional. Evitar pijamadas, no ir a campamentos, inventar excusas para no exponerse. Una infancia atravesada por el miedo al qué dirán.
Con el tiempo, esa vivencia se transformó en otra cosa. Ya no como carga, sino como mensaje. “Capaz alguien lo está pasando y se siente menos solo”, dijo, en una frase que resume el sentido de poner en palabras lo que durante años fue silencio.
Lejos de los discursos habituales, Cofla no habló del miedo al fracaso. Habló de otro. Uno más difícil de admitir: el miedo a que todo salga bien. A la responsabilidad, a la exposición, a sostener lo logrado.

“Me paraliza que salga bien”, confesó al referirse a su presente, donde empieza a construir proyectos propios. La contradicción es clara: querer avanzar, pero sentir vértigo cuando las cosas efectivamente avanzan.
A lo largo de la charla, insistió en una idea: la necesidad de mostrarse real. De no quedar atrapado en una caricatura que otros consumen pero que no lo representa del todo.
En un ecosistema donde muchas veces importa más el impacto que la verdad, su búsqueda parece ir en otra dirección. Hablar de sexo, de inseguridades, de errores, pero desde un lugar más humano que performático.
Porque detrás del contenido, como suele pasar, hay alguien que también está aprendiendo a lidiar con sus propios miedos. Y en ese proceso, quizás, encuentra una forma distinta de conectar.