El Día Nacional de la Audición se conmemora en Argentina cada 28 de marzo, como una invitación a detener el ritmo cotidiano y prestar atención a un sentido tan esencial como muchas veces postergado.
La fecha no es casual, por un lado rinde homenaje a la creación de la Federación Argentina de Sociedades de Otorrinolaringología (FASO), institución clave en la difusión, prevención y cuidado de la salud auditiva en el país. Pero, además, evoca un momento fundacional de la medicina nacional: en 1933, el doctor Juan Manuel Tato llevó adelante la primera cirugía auditiva de América Latina, abriendo un camino que hasta entonces parecía inexplorado.

Desde entonces, la audición dejó de ser solo un fenómeno biológico para convertirse en un territorio de estudio, avance y conciencia. Porque oír no es únicamente percibir sonidos: es construir vínculos, aprender, emocionarse, formar parte. Es, en definitiva, una de las puertas más sensibles al mundo.
Sin embargo, en la vida diaria —atravesada por auriculares, tránsito, pantallas y ruido constante— ese sentido suele quedar relegado. Los especialistas advierten que la exposición prolongada a sonidos intensos, el uso inadecuado de dispositivos y la falta de controles médicos son hoy algunas de las principales amenazas para la salud auditiva, especialmente entre los más jóvenes.

En ese contexto, la prevención se vuelve una herramienta silenciosa pero poderosa: bajar el volumen, hacer pausas, evitar introducir objetos en el oído y consultar ante cualquier señal de alerta pueden marcar la diferencia entre conservar o perder, lentamente, la capacidad de escuchar.
También hay una dimensión temprana y muchas veces invisibilizada: la detección en la infancia. En Argentina, la pesquisa auditiva neonatal permite identificar dificultades desde el nacimiento, un paso clave para evitar que problemas de audición afecten el desarrollo del lenguaje y la integración social.
El Día Nacional de la Audición no propone grandes gestos, sino algo más profundo: volver a escuchar. Escuchar al otro, al entorno, y también al propio cuerpo. Porque en un mundo cada vez más ruidoso, cuidar la audición es, en cierta forma, defender el silencio necesario para entendernos.