29/03/2026 - Edición Nº1146

Opinión


Hacia dónde vamos

Dos caminos, un destino: el debate sobre el futuro productivo de Argentina

29/03/2026 | Todos queremos empleo, exportaciones y prosperidad para Argentina, pero disentimos radicalmente sobre cómo lograrlo.



Argentina enfrenta hoy una encrucijada que trasciende la tradicional grieta política. No se trata solo de izquierda versus derecha, sino de dos visiones profundamente distintas sobre cómo construir un país próspero. Y ambas tienen razón en sus diagnósticos... y ambas tienen puntos ciegos peligrosos.

Lo que cada modelo logró y lo que dejó pendiente

El gobierno de Alberto Fernández diseñó una estrategia de desarrollo industrial detallada (disponible aún en la página del Ministerio de Economía como "Plan Argentina Productiva 2030"): duplicar exportaciones, crear millones de empleos formales, invertir en sectores estratégicos de alta tecnología. El documento era impecable. La ejecución fue un desastre. Nos legó una inflación del 211% anual, un déficit fiscal insostenible y la dolorosa constatación de que emitir dinero no genera riqueza. Entre el papel y la realidad hubo un abismo: el Estado que debía coordinar la transformación productiva terminó siendo una maquinaria ineficiente, con empresas públicas deficitarias y programas sociales que no reducían la pobreza sino que la cronificaban.

Javier Milei hizo algo que parecía imposible: eliminó el déficit fiscal de cuajo. Por primera vez en décadas, las cuentas públicas están en orden. Nos obligó a mirar de frente una verdad que muchos no queríamos ver: no podemos gastar lo que no tenemos. Ese logro le da un respaldo político que gobiernos anteriores no tuvieron. Pero su apuesta casi exclusiva por los recursos naturales (litio, cobre, Vaca Muerta) y la desregulación total plantea un interrogante: ¿un país se desarrolla solo ordenando las cuentas y confiando en que el mercado encuentre el camino?

Los riesgos en cada modelo

La visión anterior era sofisticada: usar la renta de los recursos naturales como palanca para desarrollar industrias complejas, invertir en ciencia y tecnología, construir capacidades propias en sectores estratégicos. Suena bien. El problema no era la teoría, sino la ejecución. ¿Cómo garantizar que un Estado que no puede administrar eficientemente una línea de colectivos coordine una transformación productiva de alta complejidad? La experiencia argentina demuestra que la corrupción, la falta de continuidad institucional y el uso clientelar del aparato estatal convierten los planes más brillantes en letra muerta.

El modelo actual enfrenta otro problema: cuando un país recibe un flujo masivo de dólares por exportar materias primas, su moneda tiende a apreciarse, encareciendo las exportaciones industriales y de servicios. Es el fenómeno que los economistas llaman "enfermedad holandesa". Lo que hoy resuelve la escasez de divisas puede mañana asfixiar precisamente los sectores que pagan mejores salarios: la industria, la tecnología, los servicios profesionales. Y aquí está el punto ciego: sin inversión sostenida en ciencia, educación e infraestructura, ¿de dónde saldrán las empresas competitivas que no dependan de commodities?

Lo que sabemos del mundo

La evidencia internacional es clara, pero incómoda para ambos bandos:

Los países que se desarrollaron con Estado activo (Corea del Sur, Taiwán, China) tenían algo que Argentina no tiene: burocracias estatales profesionales, meritocráticas y con continuidad en el tiempo. No eran Estados clientelares que cambiaban de rumbo cada cuatro años. Cuando el Estado argentino intenta "dirigir" la economía, a menudo termina capturado por intereses corporativos o sindicales, subsidiando ineficiencias en lugar de construir competitividad.

Los países que prosperaron con apertura y recursos naturales (Australia, Canadá, Noruega) no lo hicieron con desregulación total. Crearon fondos soberanos que gestionan la renta, invirtieron sistemáticamente en educación y ciencia, y mantuvieron regulaciones estrictas para evitar abusos de posición dominante. No confundieron "mercado libre" con "mercado sin reglas".

El problema real

El verdadero problema de Argentina no es elegir entre Estado y mercado. Es que tenemos un Estado sin capacidad institucional real y un mercado sin cultura de competencia genuina. Necesitamos un Estado con gente honesta y proba que pueda invertir en lo estratégico sin despilfarro, y un mercado con regulaciones que eviten monopolios y prácticas abusivas.

Milei tiene razón: no podemos seguir financiando déficits con emisión monetaria. Pero también es cierto que ningún país desarrollado llegó ahí solo con austeridad fiscal y confianza en el mercado. Todos invirtieron sostenidamente en su gente, en su ciencia, en su infraestructura.

La gestión anterior tenía razón: necesitamos diversificar exportaciones y construir capacidades tecnológicas propias. Pero también es cierto que un Estado ineficiente y corrupto no puede ejecutar planes complejos por más bonitos que se vean en PowerPoint.

¿Hay salida?

La respuesta no está en elegir un bando, sino en construir instituciones que funcionen. Un fondo soberano que gestione la renta de los recursos naturales sin que se lo devore la política. Inversión en ciencia y educación con evaluación rigurosa de resultados, no con presupuestos eternos sin rendición de cuentas. Apertura comercial gradual que obligue a las empresas locales a competir, pero sin destruir capacidades estratégicas de la noche a la mañana. Empresas públicas en sectores clave, pero administradas con criterios de eficiencia, no como botín político.

El ordenamiento fiscal de Milei es condición necesaria, pero no suficiente. La visión de desarrollo industrial era correcta, pero requiere un Estado que Argentina aún no tiene.

El nudo del asunto

¿Estamos condenados a oscilar eternamente entre un Estado ineficiente que ahoga al sector privado y un mercado desregulado que concentra riqueza y destruye capacidades productivas? ¿O podemos finalmente construir instituciones serias, con gente capaz y honesta, que sepan cuándo el Estado debe actuar y cuándo debe apartarse?

Todos queremos lo mismo: trabajo digno, empresas que exporten, jóvenes que no necesiten irse. El problema no es el destino. Es que seguimos discutiendo sobre el mapa mientras el vehículo institucional que debería llevarnos está roto.

Y hasta que no arreglemos eso -la calidad de nuestras instituciones públicas y la cultura de competencia genuina en nuestro mercado- da lo mismo qué modelo elijamos. Ambos fracasarán.

El desarrollo no es una cuestión de ideología, sino de instituciones que funcionen. Y eso requiere algo que ningún plan puede decretar: honestidad, continuidad y capacidad técnica real.