El 30 de marzo de 1982, en el ocaso de la última dictadura militar, miles de trabajadores salieron a la calle convocados por la CGT Brasil para exigir el fin del régimen y reclamar “Paz, Pan y Trabajo”. La movilización tenía como epicentro la Plaza de Mayo, pero también se replicó en distintas ciudades del país. La respuesta del régimen fue inmediata: una represión violenta encabezada por la Policía Federal Argentina que dejó un saldo de mil detenidos y se cobró la vida del obrero textil José Benedicto Ortiz, en Mendoza.
La protesta se produjo en un clima social cada vez más tenso. La crisis económica, la caída del salario real y el desgaste político de la junta militar alimentaban el malestar en amplios sectores de la sociedad. Bajo el liderazgo sindical de Saúl Ubaldini, la central obrera había decidido desafiar abiertamente al régimen y convocar a una huelga general con movilización al corazón político del país. Los trabajadores salieron a la calle, pero los diarios de ese dìa dejaban ver que el tema del momento eran las Malvinas.
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Desde temprano, columnas de trabajadores intentaron avanzar hacia el epicentro de la protesta. La policía bloqueó los accesos y dispersó a los manifestantes con palos, gases lacrimógenos y detenciones masivas. Las imágenes de aquella jornada muestran corridas en la avenida de Mayo, persecuciones en el microcentro y vehículos policiales cargados de manifestantes arrestados. La represión fue particularmente dura contra los dirigentes sindicales y militantes políticos que encabezaban la protesta.

La escena reflejaba el momento de fragilidad que atravesaba la dictadura. A casi seis años del golpe de Estado, el régimen militar enfrentaba un creciente rechazo social y una economía en crisis, resultado de las recetas de José Alfredo Martínez de Hoz. El país iba por el tercer presidente desde 1976. Era el turno de Leopoldo Fortunato Galtieri. Ya habían pasado Jorge Rafael Videla y Roberto Eduardo Viola. Ese 30 de marzo nadie imaginaba que apenas 48 horas después el escenario político iba a cambiar de manera abrupta.
Pese a la gravedad de lo ocurrido, 48 horas después miles de personas volvieron a concentrarse en Plaza de Mayo. Esta vez no hubo gases ni palos. La misma Policía Federal Argentina que dos días antes había reprimido, permitió la concentración y custodió el acto en el que la Junta Militar buscó capitalizar el fervor patriótico que despertó la recuperación de las islas Malvinas.

El contraste fue tan inmediato como brutal. Mismo lugar y mismos protagonistas, con dos dìas de diferencia. Del garrote a las banderas, los cánticos y una plaza colmada que respaldaba al gobierno de facto, solo hubo un comunicado que difundió la radio a las 9:20 horas de ese 2 de abril que marcó el cambio de temperamento. Ese día hubo una fiesta popular sin que nadie sospechara lo que iba a venir después.
El 2 de abril de 1982 fue marcó un antes y un después en la historia argentina, sin embargo, la euforia triunfalista por la recuperación de las Malvinas no pudo tapar para siempre el saldo que acumulaba la dictadura, cuando aún le faltaba un año y medio para terminar. La deuda externa, que en marzo de 1976 era de poco más de 5.000 millones de dólares, en marzo de 1982 pasaba los 30.000 millones de la misma moneda. Desocupación, inflación y pobreza eran palabras que empezaban a poblar las páginas de los diarios. Y por si algo faltaba, se empezaba –lentamente- a mencionar que en seis años de represión la cifra de víctimas andaba cerca de los 30.000.
Con el paso del tiempo, la jornada del 30 de marzo quedó en la memoria colectiva como la gran movilización del movimiento obrero contra la dictadura, antes del conflicto del Atlántico Sur. Una protesta que mostró el desgaste del régimen y que pedía por la paz. Paradójicamente, quedó en un segundo plano por el estallido de la guerra, pero fue un paso más -tal vez el primero- en el largo camino de la vuelta de la democracia.