Vincent Van Gogh nació en 1853 en los Países Bajos y antes de dedicarse a la pintura tuvo una vida errática: trabajó como comerciante de arte, intentó ser predicador y pasó largos períodos sin rumbo claro. Recién a los 27 años decidió convertirse en artista, en gran parte impulsado por su hermano Theo, quien sería su principal sostén económico y emocional.
En apenas una década produjo más de 2.000 obras, muchas de ellas en sus últimos años, cuando su estado emocional era más inestable. Se trasladó a Francia en busca de nuevas influencias, convivió con otros artistas y atravesó crisis cada vez más intensas, hasta su muerte en 1890 a los 37 años, en circunstancias que aún generan debate.
Hoy, Van Gogh es sinónimo de arte universal. Sus cuadros están entre los más reconocidos del mundo y su estilo redefinió la pintura moderna. Pero su historia real dista mucho de esa imagen consagrada.
Vivió en la pobreza, dependió económicamente de su hermano y vendió apenas una obra en vida. Mientras su producción crecía en intensidad, su entorno no lograba comprenderlo. No era solo un artista incomprendido: era alguien que no encontraba lugar ni estabilidad en el mundo que lo rodeaba.
A lo largo de su vida, Van Gogh atravesó crisis emocionales profundas, períodos de aislamiento y episodios que hoy se asocian con trastornos mentales, aunque nunca haya existido un diagnóstico concluyente.
El episodio de la oreja mutilada, sus internaciones y las cartas que escribió dan cuenta de un malestar constante. Sin embargo, durante mucho tiempo su historia fue narrada desde un lugar equivocado: el del “genio atormentado” como si el sufrimiento fuera parte necesaria del talento. Hoy, esa mirada empieza a ser cuestionada.

El 30 de marzo, fecha de su nacimiento, se conmemora el Día Mundial del Trastorno Bipolar. La elección no es casual: su figura se transformó en un símbolo para visibilizar una problemática que durante décadas permaneció en silencio.
Pero el foco ya no está en diagnosticarlo retrospectivamente, sino en algo más amplio: entender cómo se vivía, y se ocultaba, la salud mental en su época. En el siglo XIX, los trastornos mentales eran poco comprendidos y altamente estigmatizados. Las opciones de tratamiento eran limitadas y muchas veces deshumanizantes. En ese contexto, el sufrimiento no solo era personal, sino también social.

Más de un siglo después, la conversación cambió. La salud mental empezó a ocupar un lugar central en la agenda global, especialmente tras crisis recientes que expusieron su impacto a gran escala. Aun así, persisten desafíos: el estigma, las dificultades de acceso a tratamientos y la falta de información siguen siendo barreras para millones de personas. En ese escenario, la historia de Vincent van Gogh deja de ser solo una biografía para convertirse en un espejo.
Su obra sobrevivió y trascendió todo. Pero su vida plantea un interrogante incómodo y vigente: ¿cuántas historias similares quedaron invisibilizadas por falta de comprensión y acompañamiento? Lejos de romantizar el dolor, hoy su legado invita a otra lectura: hablar de salud mental no como excepción, sino como parte de la vida.