El gobierno de Benjamin Netanyahu dio marcha atrás y habilitó el acceso del Pierbattista Pizzaballa al Santo Sepulcro en Jerusalén, en un giro que se explica por un factor determinante: la presión internacional y el reclamo directo del mundo católico, con el Vaticano como actor central. La decisión llega después de que la prohibición de la misa del Domingo de Ramos generara una ola de críticas globales y escalara rápidamente de incidente local a conflicto diplomático.

Lo ocurrido en Jerusalén provocó una reacción inmediata de líderes mundiales que denunciaron una afectación a la libertad religiosa. La primera ministra de Italia, Giorgia Meloni, calificó el hecho como una ofensa no solo para los creyentes sino para toda la comunidad internacional, mientras que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, cuestionó la decisión policial y pidió respeto por los lugares sagrados. En la misma línea, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, denunció un “ataque injustificado a la libertad religiosa” y exigió a Israel garantías para el ejercicio del culto.
Desde Roma, el impacto fue aún mayor: el Vaticano siguió de cerca el episodio y el malestar en la Iglesia católica fue inmediato, no solo por el hecho en sí, sino por su carga simbólica al tratarse del inicio de la Semana Santa en el lugar donde se originan esos rituales.
En ese contexto, Netanyahu modificó la decisión inicial y ordenó permitir el acceso del patriarca. “He dado instrucciones […] para que se le conceda […] acceso pleno e inmediato a la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén”, afirmó, marcando un giro claro frente al costo internacional del episodio. Al mismo tiempo, buscó sostener la narrativa oficial basada en la seguridad: “En los últimos días, Irán ha atacado repetidamente con misiles balísticos los lugares sagrados” y señaló que incluso “fragmentos de misil impactaron a pocos metros” del templo, un argumento con el que intentó justificar las restricciones previas.
I have instructed the relevant authorities that Cardinal Pierbattista Pizzaballa, the Latin Patriarch, be granted full and immediate access to the Church of the Holy Sepulchre in Jerusalem.
— Benjamin Netanyahu - בנימין נתניהו (@netanyahu) March 29, 2026
Over the past several days, Iran has repeatedly targeted the holy sites of all three…
Israel sostuvo que la medida no fue dirigida contra el cristianismo, sino que formó parte de un esquema general que alcanzó a las tres religiones monoteístas: “se pidió a los miembros de todas las religiones que se abstuvieran temporalmente de rendir culto”, aunque el punto crítico fue otro. La interrupción de un rito central del catolicismo, incluso sin convocatoria masiva, fue interpretada por la comunidad internacional como una línea roja cruzada.
I just called the Latin Patriarch of Jerusalem, His Beatitude Cardinal Pierbattista Pizzaballa, to express my great sorrow over this morning's unfortunate incident in the Old City of Jerusalem, in which Cardinal Pizzaballa and the Custos of the Holy Land, the Most Reverend Fr.…
— יצחק הרצוג Isaac Herzog (@Isaac_Herzog) March 29, 2026
La rápida marcha atrás confirma que el impacto fue principalmente político. Netanyahu reconoció el cambio al señalar: “tan pronto como me enteré del incidente […] instruí a las autoridades para permitir al Patriarca celebrar los servicios religiosos como él deseara”, una frase que deja en evidencia que la decisión se corrigió tras la presión global.
אני מביע את תמיכתי המלאה בפטריארך הלטיני של ירושלים ובנוצרים בארץ הקודש, שנמנע מהם לחגוג את מיסת יום ראשון של כפות התמרים בכנסיית הקבר.
— Emmanuel Macron (@EmmanuelMacron) March 29, 2026
אני מגנה את החלטת המשטרה הישראלית, שמצטרפת לרצף מדאיג של הפרות מעמד המקומות הקדושים בירושלים.
יש להבטיח את חופש הפולחן בירושלים לכל הדתות.

Más allá de la rectificación, el episodio deja un interrogante abierto: si la seguridad puede justificar la suspensión de un rito central en el lugar más sagrado del cristianismo. En Jerusalén, donde convergen religión, política y conflicto, ese tipo de decisiones no se diluyen con el paso de las horas.
Lo que ocurrió ya no es solo una controversia puntual. Es un caso testigo del delicado equilibrio entre poder, fe y presión internacional.