30/03/2026 - Edición Nº1147

Opinión


El nuevo orden digital

Tecnofeudalismo

30/03/2026 | Internet mutó: de espacio abierto a sistema concentrado donde datos y plataformas definen el poder global.



Durante años, internet fue presentado como el espacio definitivo de la libertad: abierto, descentralizado y lleno de oportunidades. Sin embargo, esa promesa original parece cada vez más lejana. En su lugar, emerge un modelo que distintos analistas describen con un término provocador: tecnofeudalismo.

Lejos de ser una etiqueta exagerada, el concepto busca explicar una transformación profunda. No se trata simplemente de nuevas tecnologías o de empresas más grandes, sino de un cambio en la forma en que se organiza el poder económico y social en la era digital.

Para entender esta idea, primero hay que observar cómo evolucionó internet. Lo que en sus inicios funcionaba como una red relativamente abierta y descentralizada fue consolidándose en torno a grandes plataformas que hoy concentran la mayor parte de la actividad online. Buscadores, redes sociales y marketplaces ya no son solo intermediarios: se convirtieron en infraestructuras esenciales.

Millones de personas dependen de ellas para informarse, trabajar, comunicarse y consumir. Pero esa centralidad tiene un costo. A diferencia de los mercados tradicionales, donde múltiples actores compiten en condiciones más o menos equivalentes, estas plataformas operan como entornos cerrados. Allí, las reglas no son negociadas: son impuestas por quienes controlan el sistema.

En este nuevo esquema aparece una de las tensiones clave. Los usuarios no son únicamente consumidores, pero tampoco trabajadores en sentido clásico. Sin embargo, su actividad es el motor de todo el sistema. Cada interacción —una búsqueda, un “me gusta”, una compra— genera datos que las plataformas procesan, organizan y monetizan.

Ese flujo constante de información es la base de modelos de negocio extremadamente rentables. La paradoja es evidente: mientras el valor se produce de manera colectiva, su apropiación es altamente concentrada. Los usuarios alimentan el sistema, pero quedan al margen de los beneficios que generan.

Este cambio también redefine cómo se crea riqueza. En el capitalismo industrial, las ganancias estaban asociadas a la producción de bienes o servicios. En la economía digital, en cambio, el eje se desplaza hacia el control de infraestructuras. Las grandes tecnológicas no necesitan producir todo lo que circula en sus plataformas: su poder reside en administrar el acceso, decidir qué se ve, qué se prioriza y qué queda relegado.

Así, el modelo se acerca más a una lógica de renta que de competencia. El valor no surge tanto de fabricar algo, sino de ocupar una posición dominante dentro del ecosistema digital.

A medida que estas plataformas crecen, también lo hace su influencia. No solo concentran riqueza, sino también información y capacidad de intervención sobre la vida cotidiana. Esto plantea desafíos que exceden lo económico. La posibilidad de moldear flujos de información, orientar consumos o condicionar debates públicos les otorga un poder que antes estaba más distribuido. En este contexto, los Estados enfrentan dificultades para regular actores que operan a escala global, con estructuras complejas y en permanente transformación.

¿Estamos realmente ante un nuevo sistema? No hay una respuesta única. Algunos sostienen que el tecnofeudalismo marca una ruptura con el capitalismo tal como lo conocíamos. Otros lo interpretan como una evolución del mismo proceso, adaptado a las condiciones tecnológicas actuales. Lo cierto es que las categorías tradicionales resultan cada vez menos suficientes para describir lo que está ocurriendo.

El poder en la era digital

Más allá del término, el debate apunta a una cuestión de fondo: ¿quién controla los recursos centrales de esta época? Si durante siglos la tierra fue la base del poder económico, hoy ese lugar parece estar ocupado por los datos, los algoritmos y las plataformas que los gestionan.

En ese escenario, la pregunta deja de ser teórica. Se vuelve concreta y urgente en el mundo digital que habitamos todos los días: ¿qué margen de autonomía tenemos realmente los ciudadanos?