30/03/2026 - Edición Nº1147

Policiales

Masacre de Carmen de Patagones

Qué fue de la vida de Juniors, el chico que a los 15 años abrió fuego en la escuela

30/03/2026 | El caso de San Cristóbal reavivó el recuerdo de la primera masacre escolar del país. El tirador fue declarado inimputable, pasó por institutos y neuropsiquiátricos.



El horror que sacudió a la escuela de San Cristóbal trae a la memoria un antecedente difícil de olvidar: la masacre de Carmen de Patagones. Ocurrió una mañana del 28 de septiembre de 2004, cuando Rafael “Juniors” Solich, que entonces tenía 15 años, entró al aula de la escuela Islas Malvinas y vació el cargador de una Browning 9 milímetros contra sus compañeros. Tres estudiantes murieron y otros cinco resultaron gravemente heridos.

La escena quedó grabada como un punto de quiebre en la historia escolar argentina. Según la reconstrucción de la causa, Juniors había sacado de su casa el arma reglamentaria de su padre, un suboficial de Prefectura Naval, junto con cargadores y municiones. A la mañana siguiente llegó a la escuela, se formó como un alumno más y, ya dentro del aula, disparó en cuestión de segundos. Después salió al pasillo, recargó y hasta intentó volver a tirar.

"No era yo"

Cuando la jueza Alicia Ramallo salió a su encuentro y lo interrogó por primera vez, Juniors respondió con una frase que quedó como síntesis de aquella mañana: “No, no me dí cuenta lo que pasó, se me nubló la vista y tiré. Todo fue muy rápido, no me pude frenar. No era yo, era como si no fuera yo”.

Ante las preguntas de la magistrada, relató que había sacado la pistola y los cargadores de la habitación de sus padres después de una fuerte discusión con su padre. También contó que no había dormido esa noche, que tenía “escalofríos”, que no había cenado ni desayunado y que caminó hasta la escuela sin pensar en nada. Cuando le preguntaron qué hizo al entrar, respondió: “Entré y me fui a formar en la fila para subir la bandera”. Más tarde describió el momento del ataque con una frialdad estremecedora: “Me senté en el primer banco. Cuando pasaron mis compañeros me puse de pie y caminé hacia el pizarrón, cerca del escritorio de los profesores. Me puse de frente y saqué el arma lista para disparar, vacié el cargador”.

Su relato no solo está incorporado en la causa sino que además fue publicado en el libro “Juniors, la historia silenciada de la primera masacre escolar de Latinoamérica”, escrito por los periodistas Pablo Morosi y Miguel Braillard.

La investigación también reconstruyó el trasfondo de violencia y hostigamiento que rodeaba al adolescente. En su declaración el tirador dijo que estaba enojado tanto con sus compañeros como con su familia. Cuando la jueza quiso saber por qué, respondió: “Me molestan, siempre me molestaron, desde el jardín. Desde séptimo grado que pensaba en hacer algo así”. Y cuando le preguntaron de qué modo lo hostigaban, agregó: “Y, me cargan. Dicen que soy raro. Me joden porque tengo este grano en la nariz”. A eso sumó otra frase que apuntó a su casa: “Nos peleamos seguido. Él también me discrimina”, dijo sobre su padre.

Ese punto fue central en el expediente. Juniors vivía bajo una relación ferozmente conflictiva con su padre, marcada por golpes, humillaciones y una convivencia asfixiante. Esa violencia intrafamiliar apareció combinada con un largo historial de aislamiento, dificultades de integración y resentimiento hacia sus compañeros.

Inimputable

Como tenía 15 años al momento del hecho, la Justicia lo declaró inimputable. Primero pasó 90 días en una base de Prefectura Naval en Ingeniero White. En 2005 fue derivado al Instituto de Menores El Dique, en el partido bonaerense de Ensenada, y más tarde, a raíz de su situación de vulnerabilidad y de episodios de autolesión, fue trasladado al neuropsiquiátrico Santa Clara, en San Martín. Los informes médicos que siguieron hablaron de esquizofrenia y trastornos de la personalidad, aunque con evaluaciones diversas sobre su cuadro y su peligrosidad.

Con el tiempo, la jueza autorizó salidas transitorias cada vez más extensas hasta que, al alcanzar la mayoría de edad, el expediente pasó al Juzgado de Familia N° 4 de La Plata. Después fue trasladado a una clínica neuropsiquiátrica para adultos en esa ciudad. Allí conoció a una joven, tuvo un romance y fue padre.

Pese a los años transcurrido, su situación continúa bajo control de la Justicia platense, con tratamiento ambulatorio y exámenes psicológicos y psiquiátricos periódicos.

Más de dos décadas después, el nombre de Juniors sigue asociado al primer gran trauma escolar de la Argentina. El caso de San Cristóbal lo devolvió al centro de la escena no por una mera comparación automática, sino porque vuelve a plantear las mismas preguntas de fondo: qué señales se detectan antes de la tragedia, cuánto pesan la violencia familiar y el hostigamiento escolar, y qué pasa con los adolescentes que llegan a ese punto de ruptura. En Carmen de Patagones, esas preguntas quedaron abiertas desde 2004. Y ahora, con otro ataque escolar en el país, vuelven a resonar con la misma crudeza.