En medio de un contexto donde aún persisten miradas divididas sobre el pasado reciente, el testimonio de Bibiana Reibaldi en El Living de NewsDigitales con Tomás Méndez irrumpe con una crudeza poco frecuente. Hija de un agente de inteligencia del Ejército, decidió romper el silencio familiar y contar lo que durante años permaneció oculto.
Su padre, según relató, se retiró como oficial en 1970 pero volvió al año siguiente como personal civil de inteligencia. A partir de documentos oficiales y legajos que ella misma consultó, pudo reconstruir su participación en tareas vinculadas a la represión ilegal durante los años previos y posteriores al golpe de Estado de 1976.
“Él tomó la decisión de ser un agente que detectaba personas para ser secuestradas e interrogadas bajo tortura”, sostuvo, marcando un punto de quiebre entre el vínculo afectivo y la condena ética.

Desde joven, Reibaldi percibía que el trabajo de su padre estaba rodeado de oscuridad. A los 18 años decidió preguntarle directamente a qué se dedicaba, pero la respuesta fue tajante: no podía indagar sobre eso.
Ese momento marcó el inicio de un pacto de silencio que, según explicó, atravesó a muchas familias vinculadas al aparato represivo. Sin embargo, hubo episodios que rompieron esa barrera. Uno de ellos ocurrió cuando su padre le confirmó la muerte de un hombre desaparecido, justificándolo en el contexto de una supuesta “guerra”.
“Reconoció que morían inocentes”, recordó. Ese fue el primer enfrentamiento directo entre ambos y el comienzo de una toma de conciencia que se profundizaría con los años.
A pesar de todo, Bibiana Reibaldi remarcó que mantuvo un vínculo afectivo con su padre, lo que volvió aún más complejo el proceso interno. “Lo quise mucho, pero también sentí vergüenza y culpa”, confesó.
Ese conflicto emocional también atravesó a su familia. Su hermano, según relató, tuvo una vida marcada por la violencia y las adicciones, en un contexto familiar profundamente atravesado por tensiones.

En su caso, el dolor se expresó de otra manera: la dificultad para hablar del tema incluso con sus propios hijos, quienes se enteraron tardíamente de la historia de su abuelo.
Antes de su muerte en 2002, Reibaldi intentó que su padre hablara y aportara información clave, incluso sobre casos de apropiación de bebés nacidos en cautiverio. Pero nunca lo logró.
“Murió impune y mantuvo el pacto de silencio”, afirmó. Aun así, logró aportar documentación a la Justicia y se sumó a la organización Historias Desobedientes, integrada por familiares de represores que repudian esos crímenes.

Desde ese espacio también impulsaron cambios legales para permitir que hijos e hijas puedan declarar contra sus padres en causas de lesa humanidad, rompiendo las barreras jurídicas que aún sostienen el silencio.
Lejos de cualquier idea de cierre o reconciliación, Reibaldi fue contundente: las heridas siguen abiertas. “No hay cicatrización posible mientras no haya arrepentimiento ni verdad”, sostuvo.
Para ella, el dolor no desaparece. Solo encuentra cierto alivio en la posibilidad de aportar, desde su lugar, a la construcción de memoria y justicia.
“Es profundamente doloroso tener un padre de esta categoría”, resumió. Y aunque reconoce el valor de su testimonio, insiste en que la reparación real solo llegará cuando quienes cometieron los crímenes decidan hablar.