01/04/2026 - Edición Nº1149

Cultura


Rock y polémica

Abril Sosa comparó a Catupecu con Woody Allen y abrió un debate difícil

01/04/2026 | El ex baterista de la banda directo: críticas a Fernando Ruiz Díaz, una comparación con Woody Allen y una revisión incómoda del pasado.



Abril Sosa decidió dejar atrás cualquier matiz. En su paso por El Living de NewsDigitales, el músico reabrió su historia con Catupecu Machu con un tono que ya no busca equilibrio ni reconstrucción, sino exponer lo que —según su mirada— fue el verdadero trasfondo de su salida.

Lejos de la narrativa clásica de “diferencias artísticas”, Sosa ubicó el conflicto en otro plano: el humano. “Yo amaba Catupecu, lo sigo amando, pero llegó un momento en que no soportaba más estar con un tipo como Fernando al lado”, afirmó, en referencia directa a Fernando Ruiz Díaz.

La definición no quedó ahí. El músico describió el vínculo dentro de la banda como “una relación muy agotadora a nivel humano” y fue más allá: habló directamente de una dinámica “tóxica” que, según sostuvo, se mantuvo a lo largo del tiempo.

“No soportaba más”: el quiebre con Ruiz Díaz

El punto de ruptura, según reconstruyó, no fue una decisión artística ni una estrategia de carrera. Fue una imposibilidad de convivencia.

Sosa recordó episodios concretos que, a su entender, reflejan ese clima interno: tensiones, celos dentro de la banda y decisiones que hacían inviable sostener su lugar. “Catupecu era una banda muy celosa”, explicó, al describir un funcionamiento que no permitía otros desarrollos personales o creativos.

Incluso rechazó una de las lecturas más instaladas sobre su salida: la idea de que había dejado el grupo para buscar protagonismo propio. “Mucha gente pensó que me fui para hacer mi camino. No fue así. Era simplemente que no soportaba más esa situación”, insistió.

 

 

“Me sorprende que se siga escuchando”

Pero el momento más explosivo de la entrevista llegó cuando Sosa cruzó un límite que pocos ex integrantes de bandas históricas suelen atravesar: cuestionar directamente el vínculo del público con la obra.

“Me sorprende que todavía haya gente que escuche Catupecu”, lanzó, en una frase que rápidamente instala un debate incómodo dentro del rock argentino.

La afirmación no fue aislada. Formó parte de una reflexión más profunda sobre la relación entre el artista y su obra, y sobre qué ocurre cuando se conocen las dinámicas internas que dieron origen a esa música.

De Catupecu a Woody Allen

Para explicar su postura, Sosa apeló a una comparación que trasladó el debate del rock al plano cultural más amplio: el caso de Woody Allen.

“Yo dejé de ver películas de Woody Allen cuando se empezó a sospechar que era un pedófilo. No quiero ver películas de un pedófilo”, sostuvo.

La referencia no apunta a equiparar situaciones, sino a ilustrar un criterio personal: el límite ético que cada espectador establece frente a la obra cuando cuestiona a quien la produce.

Desde ese lugar, trazó un paralelismo con su propia experiencia: “Tampoco quiero escuchar música de un tipo retrógrado, machista”.

La conclusión es clara: para Sosa, la obra no puede desligarse de quien la crea. Y ese enfoque es el que hoy redefine su vínculo con el pasado de Catupecu.

Entre el legado y la disputa por el sentido

Las declaraciones del músico tensionan un punto sensible: Catupecu Machu no es sólo una banda, sino una referencia central del rock alternativo argentino.

En ese marco, Sosa no sólo discute su experiencia personal, sino también la construcción simbólica de esa historia. Reivindica su aporte artístico —“uno de los discos más reconocidos está conmigo”— y al mismo tiempo cuestiona el relato que se consolidó tras su salida.

El resultado es una disputa abierta por el sentido del pasado: qué fue la banda, qué representó y qué significa hoy.

Un presente que busca correrse del sistema

Lejos de esa etapa, Sosa reconfigura su identidad artística desde otro lugar. Con Cuentos Borgeanos como eje, apuesta a una obra más introspectiva, atravesada por la literatura, la experimentación sonora y una decisión consciente de correrse de las lógicas tradicionales de la industria.

Radicado en Madrid y con un nuevo disco en camino, su postura no es solo estética sino también política dentro del campo cultural: cuestiona el dominio de los algoritmos, rechaza la validación por métricas y propone un vínculo más directo y más exigente con su público.

En ese recorrido, su historia en Catupecu deja de ser un anclaje para convertirse en punto de partida.