Se cumplen 18 años de uno de los episodios más recordados en la relación entre el poder político y el humor: el fuerte cuestionamiento público de la entonces presidenta Cristina Kirchner al caricaturista Hermenegildo Sábat por una ilustración publicada en el diario Clarín.
El episodio ocurrió en abril de 2008, en medio de un clima de alta tensión política y social, y dejó una huella duradera en el debate sobre libertad de expresión, rol de los medios y límites del discurso presidencial.
El cruce se produjo en un momento especialmente delicado para el Gobierno. Recién iniciada su gestión, Cristina Kirchner enfrentaba el conflicto con el sector agropecuario por la Resolución 125, que establecía retenciones móviles a las exportaciones.
Ese escenario derivó en cortes de rutas, desabastecimiento y una fuerte polarización política. En ese contexto, el Gobierno comenzó a endurecer su discurso contra los medios de comunicación, en particular contra el Grupo Clarín.
Durante un acto en Plaza de Mayo —la denominada “Plaza del sí”—, la Presidenta denunció lo que consideraba un tratamiento informativo sesgado y habló de un “lockout a la información”, al tiempo que trazó un paralelo histórico con el clima previo al golpe de 1976.
“Esta vez no han venido acompañados de tanques, esta vez han sido acompañados por algunos ‘generales’ multimediáticos que además de apoyar el lockout al pueblo, han hecho lockout a la información, cambiando, tergiversando, mostrando una sola cara”, sostuvo.
En ese mismo discurso, Cristina Kirchner hizo referencia directa a una caricatura publicada ese día por Sábat, en la que aparecía con una cinta cruzada en la boca.
Si bien aclaró que las caricaturas no le molestaban, interpretó el dibujo como un mensaje intimidatorio. “Pude ver en un diario donde colocan mi caricatura, que no me molesta —a mí me divierten mucho las caricaturas y las propias son las que más me divierten—, pero era una caricatura donde tenía una venda cruzada en la boca, en un mensaje cuasi mafioso”, afirmó.
Luego planteó una pregunta que marcaría la polémica: “¿Qué me quieren decir? ¿Qué es lo que no puedo hablar? ¿Qué es lo que no puedo contarle al pueblo argentino?”.
La frase “mensaje cuasimafioso” se convirtió rápidamente en el eje del debate público y en un símbolo de la tensión entre el Gobierno y ciertos sectores del periodismo.

Lejos de profundizar la polémica, Hermenegildo Sábat optó por el silencio. En declaraciones periodísticas, explicó su postura con brevedad: “No, yo no me llevo bien con las palabras. Lo mío es el dibujo y yo me expreso de esa manera. No podría opinar de otra cosa, más allá de cosas referidas al dibujo y la pintura”.
Mientras evitaba confrontar públicamente con la Presidenta, el artista recibió numerosas muestras de apoyo.
FOPEA, por ejemplo, expresó su “rechazo” a los dichos presidenciales y respaldó a Sábat como “un artista reconocido a nivel internacional por su talento y convicciones democráticas”.
En la misma línea, ADEPA consideró la crítica oficial como “una muestra de intolerancia”, lo que amplificó el debate sobre la libertad de expresión.

El episodio abrió una discusión de fondo sobre el rol del humor gráfico en la democracia.
El escritor y periodista Juan Sasturain analizó el caso en una columna publicada en ese momento, donde calificó el cuestionamiento presidencial como “una torpeza” y un posible “exabrupto”.
En su reflexión, destacó la trayectoria de Sábat y su independencia: el caricaturista “nunca dibujó por mandato de terceros” y su obra responde a una mirada personal sobre la realidad política.
Sasturain planteó además que el poder político debe convivir con la crítica, incluso cuando es incómoda. Señaló que quienes gobiernan deben “bancarse la ironía, la burla, el chiste pesado, incluso”, como parte de las reglas del juego democrático.

El discurso de Cristina Kirchner en Plaza de Mayo combinó una fuerte defensa de su gestión con críticas a sectores económicos y mediáticos.
En ese marco, la Presidenta afirmó que había recibido “nunca tantos ataques a un gobierno surgido del voto popular” y sostuvo que su legitimidad provenía del respaldo electoral.
También hizo referencia a su condición de mujer: “Tal vez, además de ser votada, tenga otro pecado: el ser mujer, pero de los dos me siento orgullosa”.
Al mismo tiempo, convocó a la unidad nacional y al diálogo, aunque sin dejar de cuestionar duramente a quienes consideraba responsables del conflicto.