La economía peruana inició 2025 con una señal clara de recuperación tras la recesión previa. El rebote cercano al 4% en los primeros meses, junto con una inflación contenida dentro del rango objetivo, permitió al Banco Central mantener una tasa considerada neutral. Este equilibrio macroeconómico colocó a Perú en una posición relativamente sólida dentro de América Latina, con margen para sostener la expansión sin presiones inflacionarias inmediatas.
En paralelo, Chile enfrentó un escenario más complejo. El crecimiento se desaceleró y el gobierno optó por un ajuste fiscal significativo, buscando reforzar la sostenibilidad de las cuentas públicas. La decisión implicó recortes de gasto y una estrategia de disciplina que prioriza la estabilidad de largo plazo. Así, mientras Perú emerge desde un ciclo recesivo, Chile entra en una fase de contención, marcando un contraste estructural dentro de la región.
El factor común que conecta a ambas economías es el cobre, pero con implicancias distintas. Perú relativizó el impacto de los aranceles estadounidenses al cobre, argumentando que su principal mercado es Asia, especialmente China. Esta capacidad de redireccionar exportaciones reduce la exposición directa al shock comercial, aunque no elimina la incertidumbre global que introduce una medida de este tipo.
Chile, en cambio, enfrenta una dependencia más rígida. El cobre representa una porción más relevante de su estructura económica, lo que lo vuelve más sensible a cambios en precios o condiciones comerciales. En este contexto, cualquier alteración en la demanda o en las reglas del comercio internacional impacta de forma más inmediata en sus ingresos fiscales y en su actividad económica, limitando su margen de maniobra.

El contraste revela dos respuestas macroeconómicas distintas ante un mismo entorno global. Perú adopta una estrategia de flexibilidad y crecimiento, apoyándose en la estabilidad monetaria y en la diversificación de mercados. Esta postura busca aprovechar oportunidades externas, aunque con el riesgo de subestimar cambios estructurales en el comercio internacional.

Chile, por su parte, prioriza el orden fiscal y la credibilidad institucional mediante una política contractiva. Este enfoque reduce vulnerabilidades futuras, pero puede restringir la expansión en el corto plazo. En conjunto, ambos casos muestran que América Latina oscila entre dos modelos: uno orientado a sostener el crecimiento y otro a consolidar estabilidad, en un escenario donde el factor decisivo sigue siendo externo.