El Gobierno pasó toda la semana construyendo una escena de respaldo alrededor de Manuel Adorni. El primer gesto fuerte llegó el domingo, cuando el jefe de Gabinete volvió a encabezar la reunión de la mesa política en sus oficinas con Karina Milei, Santiago Caputo, Luis Caputo, Patricia Bullrich, Diego Santilli, Martín Menem, Ignacio Devitt y Eduardo “Lule” Menem. La reunión duró dos horas y el mensaje que dejaron circular los asistentes fue simple: “está súper firme”. En la Casa Rosada buscaron mostrar gestión, agenda legislativa y normalidad en un momento atravesado por denuncias sobre sus viajes y su patrimonio.
Ese mismo esquema siguió durante los días siguientes. Adorni empezó una ronda de reuniones con ministros y equipos técnicos, acompañada por fotos y mensajes oficiales, con el argumento de que debía revisar planificación y ejecución de cada cartera para el período 2026/2027. El movimiento tenía un objetivo político bastante evidente: reemplazar la imagen del funcionario sitiado por la del coordinador de una nueva etapa de gestión. La agenda incluyó Seguridad, Salud y Defensa, y el propio Gobierno se encargó de difundir fechas y horarios, algo poco habitual para reuniones de trabajo de ese nivel.
El miércoles llegó otro paso. Adorni suspendió la conferencia de prensa y fue a Olivos para reunirse a solas con Milei durante más de dos horas. Después del encuentro no hubo foto, pero sí un comunicado oficial que lo ratificó en el cargo y habló de la “recta final de la segunda etapa del gobierno”. En ese texto, Presidencia volvió a colocar a Adorni en el centro del armado operativo y político. El contenido del comunicado importó tanto como la reunión: el Presidente eligió que el respaldo quedara por escrito en el mismo momento en que crecían rumores de reemplazo.
El jueves, en el acto por Malvinas, llegó la imagen que faltaba. Milei se acercó a Adorni y lo abrazó de manera efusiva delante de todo el gabinete. Distintas coberturas marcaron que ese abrazo fue más largo y más expresivo que el resto de los saludos protocolares de la mañana. Adorni estuvo en primera fila, al lado de Karina Milei y del núcleo duro del Gobierno. Ahí el apoyo dejó de ser administrativo y pasó a ser visual. El Presidente eligió poner el cuerpo en una escena pública cuando el jefe de Gabinete está bajo presión judicial y política.
La secuencia no terminó ahí. Para el lunes ya quedó convocada una reunión de gabinete en Casa Rosada, también leída como otra foto de respaldo. En el oficialismo la decisión de sostenerlo aparece asociada a Javier y Karina Milei. El argumento interno que repiten es que hay que bancarlo y dejar que hable la Justicia. En paralelo, los datos de opinión muestran un costo creciente: una encuesta de Zuban Córdoba publicada este jueves registró 66% de imagen negativa para Adorni y 70,4% de acuerdo con la frase “Adorni debería renunciar”.
¿Qué razones tiene Milei para sostenerlo? La primera es política: Adorni sigue siendo una pieza central del dispositivo oficial, un funcionario con peso en la coordinación, en la vocería y en la relación cotidiana con la agenda. La segunda es simbólica: dejarlo caer ahora sería admitir que el daño ya perforó el círculo más íntimo del Gobierno. La tercera es interna: en una administración donde la autoridad se concentra en muy pocas manos, retroceder frente a una crisis de este tipo también podría leerse como una señal de debilidad hacia adentro. Todo eso ayuda a entender los gestos de esta semana.
El problema es que, hasta acá, el respaldo vino casi sin palabras. Hubo reuniones, fotos, comunicados, abrazos, agenda, gabinete. Hubo muy pocas respuestas precisas sobre los hechos que detonaron el escándalo. No apareció una versión completa y ordenada, una refutación minuciosa de las denuncias ni un trabajo discursivo capaz de darle legitimidad pública a la defensa. El Gobierno eligió la gestualidad como forma de blindaje. Esa fórmula puede servir para contener una crisis unos días. También puede volverse una base inestable si el expediente sigue avanzando y el vacío de explicaciones se agranda. Ahí está la dificultad de fondo: un apoyo exhibido con tanta intensidad puede funcionar como señal de fortaleza, pero también puede convertirse en una mesa renga si no viene acompañado por argumentos que la sostengan.