La noche del 6 de abril de 1994 marcó un punto de no retorno en la historia contemporánea. El avión en el que viajaba el presidente Juvénal Habyarimana fue derribado cuando se aproximaba a Kigali, capital de Ruanda. El impacto no solo terminó con su vida, sino que desató una de las masacres más intensas y veloces del siglo XX. En cuestión de horas, el país pasó de una tensión latente a una violencia sistemática.
El hecho funcionó como detonante, no como causa. La estructura del genocidio ya estaba diseñada y lista para ejecutarse. Sectores extremistas del poder hutu activaron un dispositivo que incluía milicias, listas de objetivos y un aparato de propaganda que incitaba al exterminio. La rapidez con la que se desplegó la violencia evidencia que no se trató de una reacción espontánea, sino de una operación planificada.
En las primeras horas posteriores al atentado, el Estado ruandés colapsó en su función institucional y se reconvirtió en un instrumento de muerte. Fueron asesinados líderes políticos moderados, incluida la primera ministra, y se instalaron controles territoriales para identificar y eliminar a la población tutsi. Las milicias Interahamwe, junto con fuerzas de seguridad, ejecutaron gran parte de la violencia.
El elemento diferencial del genocidio fue su carácter descentralizado. La violencia no se limitó a estructuras militares, sino que involucró a civiles movilizados a través del miedo, la presión social y la propaganda. Radios locales transmitían mensajes explícitos que incentivaban los asesinatos, mientras que la lógica de vecino contra vecino descomponía el tejido social.

Durante aproximadamente cien días, entre abril y julio de 1994, fueron asesinadas alrededor de 800.000 personas. La mayoría pertenecía a la minoría tutsi, aunque también fueron eliminados hutus moderados. La velocidad de la matanza superó cualquier capacidad de reacción y consolidó al caso como uno de los genocidios más rápidos de la historia.

La comunidad internacional no logró responder de manera efectiva. La presencia de fuerzas de paz fue insuficiente y las principales potencias optaron por no intervenir. Este vacío permitió que el genocidio avanzara sin contención hasta que el Frente Patriótico Ruandés logró tomar el control del país. El 6 de abril quedó así registrado no solo como el inicio de una masacre, sino como el punto en el que fallaron simultáneamente el Estado y el sistema internacional.