La erupción del Vesubio en abril de 1906 marcó uno de los desastres naturales más significativos de la Europa moderna. A diferencia de episodios antiguos, este evento impactó directamente sobre una región densamente poblada, donde la expansión urbana avanzaba sin una planificación adecuada frente al riesgo volcánico.
El fenómeno se intensificó entre el 4 y el 5 de abril, cuando el volcán entró en una fase explosiva con emisión masiva de ceniza y lava. La nube volcánica oscureció el cielo sobre Nápoles y sus alrededores, mientras las coladas avanzaban sobre pueblos ubicados en las laderas.
La erupción combinó explosiones violentas con flujos de lava de gran volumen, lo que amplificó su capacidad destructiva. Mientras la ceniza cubría amplias zonas, la lava destruía infraestructuras a su paso, generando un escenario de daño simultáneo.
Uno de los factores más letales fue el colapso de techos por acumulación de ceniza. Este mecanismo indirecto provocó gran parte de las muertes, en un contexto donde la capacidad de respuesta estatal era limitada frente a la magnitud del evento.

La catástrofe obligó a Italia a movilizar recursos extraordinarios para asistencia y reconstrucción. La erupción expuso la falta de planificación territorial frente a amenazas previsibles y evidenció la vulnerabilidad de zonas densamente pobladas.

Además, el impacto trascendió lo local. La crisis afectó prioridades nacionales e incluso proyectos internacionales, consolidando al Vesubio como uno de los volcanes más peligrosos del mundo por su proximidad a grandes centros urbanos.