El 6 de abril de 1986 quedó marcado a fuego en la historia del fútbol argentino. Aquella tarde, River se plantó en la Bombonera con el título de campeón bajo el brazo, obtenido un mes antes, pero con una deuda pendiente que dividía al país: dar la vuelta olímpica en territorio ajeno.

La previa del encuentro estuvo teñida por una decisión particular de la marca Adidas, que introdujo una pelota de color naranja para asegurar la visibilidad ante la lluvia de papelitos, tal como había ocurrido en el Monumental meses atrás.
Aunque el partido inició con la tradicional Tango blanca y negra, el destino quiso que el modelo especial entrará en escena justo para un córner a favor del "Millonario". Roque Alfaro, esquivando proyectiles desde la tribuna local, fue el encargado de poner en juego ese cuero naranja que pronto se convertiría en una pieza de culto para el museo del fútbol.
A los 31 minutos del primer tiempo, la leyenda comenzó a escribirse con trazo firme. Alfaro lanzó un centro pasado que sobró a un Hugo Gatti indeciso, y por detrás de todos emergió la figura de Alonso. El "10" se elevó con la jerarquía de los elegidos y conectó un cabezazo letal que infló la red, desatando el delirio del pueblo riverplatense. Aquel gol con la pelota naranja no fue solo un tanto más en un Superclásico; fue el nacimiento de un símbolo estético que entró para siempre en la memoria del millonario.
En el segundo tiempo, River manejó los tiempos con la suficiencia de quien se sabe superior, frente a un Boca que llegaba con una racha positiva bajo la conducción de Mario Zanabria pero que no lograba inquietar a Nery Pumpido. Cerca del final, una infracción contra Claudio Morresi en la puerta del área le dio a Alonso la oportunidad de cerrar su obra maestra. El remate del "Beto" se desvió en la barrera, descolocó al arquero y sentenció el 2 a 0 definitivo, permitiendo al ídolo estrujar su camiseta frente a su gente en un festejo que quedó inmortalizado en los pósters de la época.

La formación de aquel día, integrada por nombres como Ruggeri, Gallego y Enrique, demostró una personalidad de hierro al completar la vuelta olímpica recorriendo el perímetro del campo de juego a pesar de la agresión constante. Fue un acto de reafirmación institucional y deportiva, realizado por un plantel que se preparaba para conquistar América y el mundo ese mismo año. Curiosamente, Enzo Francescoli, otra de las grandes figuras de la época, estuvo ausente por encontrarse concentrado con la selección uruguaya para el Mundial de México.
A 40 años de aquella gesta, el recuerdo de la pelota naranja sigue vigente en la memoria de los hinchas, porque condensó todo lo que representa el fútbol: la audacia de un ídolo, la mística de un objeto cotidiano transformado en reliquia y el coraje de un equipo que se sintió dueño de la historia en el jardín de su eterno rival.