El dato que ordena la discusión de esta semana es bastante simple: la inflación dejó de bajar al ritmo que el Gobierno prometía. Febrero cerró en 2,9%, igual que enero, con una suba interanual de 33,1%. Para marzo, las principales consultoras se movieron en una franja entre 2,7% y 3,2%. Para abril, varias de ellas esperan una desaceleración modesta, aunque todavía arriba del 2%. El propio Banco Central registra una inflación esperada a 12 meses de 22,3%, lejos de los estándares internacionales y también lejos de la idea de “problema resuelto”.
Por eso sigue apareciendo la misma pregunta: si no hay una emisión desbordada como en otras etapas y tampoco hubo un salto brusco del dólar oficial, ¿de dónde sale esta inflación? La respuesta más seria obliga a salir del monocausalismo. La emisión importa. El tipo de cambio importa. También pesan las tarifas, los combustibles, la indexación, la estructura de mercados, las expectativas y la puja por recomponer márgenes e ingresos en una economía que convivió muchos años con inflación alta.
Una parte del problema sale de los precios regulados. En marzo, las consultoras marcaron con claridad el efecto de educación, tarifas y combustibles. En abril, el Gobierno apuesta a que el congelamiento parcial de tarifas ayude a ponerle un techo al índice. Ese movimiento dice bastante por sí solo: si la inflación dependiera únicamente de la cantidad de dinero, las decisiones tarifarias no tendrían este peso. En la práctica lo tienen, y mucho. Cada corrección de precios atrasados se mete en el IPC, golpea sobre costos y después se derrama sobre otros rubros.
Otra parte sale de la inercia. Javier Okseniuk, de LCG, habló de “un piso inercial difícil de romper”. La frase es útil porque describe un mecanismo bien argentino: contratos, listas de precios, reposición, alquileres, servicios, salarios y expectativas siguen moviéndose con memoria inflacionaria. En ese mundo, una parte de la remarcación ocurre por cobertura. Quien vende se protege del costo futuro. Quien negocia salario mira para atrás. Quien fija un precio privado incorpora lo que cree que va a pasar. La inflación empieza a funcionar como hábito social además de fenómeno monetario.
También influyen las condiciones de la economía real. Los relevamientos de marzo y abril muestran una economía “a dos velocidades”: petróleo, minería, agro e intermediación financiera traccionan; industria, comercio y construcción siguen mucho más débiles. Ese esquema contiene una paradoja. La actividad puede crecer en promedio y al mismo tiempo dejar una sensación de estancamiento en la calle. El crecimiento proyectado por el REM para 2026 ronda 3,4%, pero está concentrado en sectores con baja capacidad de derrame laboral. Por eso el malestar convive con algunos buenos números macro.
Ahí aparece una discusión más profunda que la del índice mensual: de qué va a crecer la Argentina. Hoy el mapa productivo que entusiasma al Gobierno tiene nombres bastante definidos —agro, energía, minería, finanzas, algunos servicios de conocimiento— y un problema también bastante claro: varios de esos sectores generan dólares y rentabilidad, pero poca ocupación relativa. A eso se suma que la industria, el comercio y la construcción siguen sin encontrar un motor claro. Cuando las consultoras dicen que “para el resto no hay drivers claros”, están señalando justamente esa falta de respuesta estratégica sobre el crecimiento amplio.
En este marco, la idea de que Milei “controló la inflación” funciona sólo en sentido relativo. La economía argentina sigue corriendo con un 3% mensual como referencia, con expectativas de más de 20% a doce meses, con núcleo resistente y con precios regulados que todavía ordenan una parte importante del movimiento general.
Ese cuadro también empieza a sentirse en la política. Los consultores que vienen midiendo humor social detectan una caída de expectativas y un aumento de la preocupación por empleo, ingresos e inflación. Hugo Haime registró 39% de imagen positiva para Milei y 61% de rechazo en marzo. Federico Aurelio ubicó a la economía como factor principal del deterioro. Zuban Córdoba midió un rechazo muy alto sobre Manuel Adorni, pero la propia lectura de los encuestadores es que la cuestión económica pesa más que los escándalos aislados. Ese cruce es el que importa: cuando el “último bastión” del Gobierno es la economía, la inflación persistente deja de ser un dato técnico y pasa a ser un problema político directo.
La discusión de las próximas semanas va a girar alrededor de eso. Si marzo se confirma cerca del 3% y abril vuelve a moverse arriba del 2%, el Gobierno va a tener que explicar por qué la estabilización se frenó en ese escalón. La inflación sigue siendo el centro del problema, pero alrededor de ella aparece algo más grande: la falta de una respuesta clara sobre qué país productivo quiere construir Milei una vez que el ajuste deja de ofrecer novedad.