La pelea entre el príncipe Harry y la organización solidaria que ayudó a crear en memoria de su madre sumó un capítulo inesperado y explosivo: una demanda por difamación presentada ante el Tribunal Superior de Londres. El caso expone hasta qué punto se deterioró la relación entre el duque de Sussex y una de las iniciativas benéficas más ligadas a su historia personal.
La entidad en el centro del conflicto es Sentebale, fundada en 2006 por Harry junto al príncipe Seeiso de Lesoto para asistir a niños y jóvenes vulnerables, especialmente afectados por el VIH y el sida, en Lesoto y Botsuana. El proyecto nació casi una década después de la muerte de la princesa Diana, como una forma de continuar su legado humanitario en África. El nombre de la organización significa “no me olvides” en el idioma sesotho, una referencia directa al recuerdo y a la memoria, eje simbólico de la fundación desde su origen.
El vínculo se quebró definitivamente en marzo de 2025, cuando Harry renunció como patrono de la organización tras una fuerte disputa con la presidenta del directorio, Sophie Chandauka. La salida del príncipe no fue un gesto aislado: también renunciaron Seeiso y varios integrantes del consejo de administración, lo que dejó al descubierto una interna profunda en la conducción de la entidad.
Lo que comenzó como una diferencia sobre la gestión y el rumbo institucional terminó derivando en un enfrentamiento público. Harry llegó a definir lo ocurrido como “desgarrador” y sostuvo que “mentiras evidentes” habían lastimado a quienes llevaban años comprometidos con el trabajo de la fundación en el sur de África.
Según la documentación judicial, Sentebale sostiene que desde la ruptura se desplegó una “campaña mediática adversa” contra la institución, su conducción y sus socios estratégicos. La organización afirma que esa ofensiva provocó daño reputacional, interrupciones operativas y una ola de ciberacoso dirigida contra sus autoridades.

La demanda no apunta solo contra Harry, sino también contra Mark Dyer, uno de sus amigos más cercanos y exintegrante del consejo de administración. La organización los señala como los supuestos arquitectos de esa campaña pública, que habría amplificado el conflicto y perjudicado el funcionamiento de la entidad.
Ese punto es especialmente sensible porque Sentebale depende de su imagen pública, de la confianza de sus aportantes y de la estabilidad de sus alianzas para sostener su tarea en países donde el acceso a recursos sanitarios, contención social y programas de apoyo para jóvenes sigue siendo limitado.
Desde el entorno de Harry rechazaron de manera tajante las acusaciones y las calificaron como “ofensivas y dañinas”. También cuestionaron que se utilicen recursos de una organización benéfica para avanzar con una acción judicial contra quienes, según su visión, la construyeron y la respaldaron durante casi veinte años.

La postura del príncipe busca instalar además una discusión más amplia: si una entidad creada para asistir a poblaciones vulnerables debe destinar parte de sus fondos a una batalla legal de alto perfil. Esa objeción apunta directamente al costo político y moral del litigio, más allá de su resultado judicial.
La crisis ya había llegado antes al organismo que supervisa a las organizaciones benéficas en el Reino Unido, la Comisión de Beneficencia. Allí habían sido presentadas denuncias por presunto acoso e intimidación en medio del conflicto interno.
Tras una revisión, el organismo concluyó en agosto que no encontró pruebas de acoso, aunque sí detectó debilidades en la gobernanza y cuestionó con dureza a todas las partes por permitir que una disputa interna terminara ventilándose en público. Esa evaluación fue importante porque, sin validar las acusaciones más graves, dejó en evidencia que la institución arrastraba problemas de funcionamiento, conducción y manejo del conflicto.

La demanda es inusual por varias razones. En primer lugar, porque no es habitual que una organización benéfica demande a uno de sus fundadores y rostros más reconocibles. En segundo, porque se trata de una entidad muy asociada a la figura de Diana y al trabajo de Harry en África, mucho antes de su alejamiento de la vida activa dentro de la monarquía británica.
Además, el episodio vuelve a colocar al hijo menor de Carlos III en el centro de una controversia pública con alto impacto simbólico. En los últimos años, Harry quedó vinculado a disputas familiares, judiciales y mediáticas, pero este caso suma una dimensión distinta: pone bajo tensión una obra benéfica que durante mucho tiempo fue presentada como una de sus contribuciones más genuinas y personales.

Lo que está en juego no es solo una causa por difamación. También se discuten el control del relato, la legitimidad de la conducción, la confianza de los donantes y el futuro de una organización nacida para ayudar a jóvenes en situación de extrema vulnerabilidad. Para Sentebale, el desafío ya no pasa únicamente por resolver una interna, sino por demostrar que puede sobrevivir al escándalo sin perder su razón de ser.