El foro Wings of Change Americas 2026, impulsado por la IATA y con protagonismo de aerolíneas como LATAM Airlines, volvió a poner en el centro del debate el rol de la conectividad aérea como motor económico. La discusión no es menor: la aviación dejó de ser solo transporte para convertirse en infraestructura estratégica, capaz de condicionar el crecimiento de regiones enteras. En este contexto, Centroamérica busca posicionarse como nodo relevante dentro de un sistema aún dominado por grandes operadores internacionales.
Al mismo tiempo, el fenómeno del nearshoring en México está reconfigurando la lógica productiva del continente. Empresas globales están trasladando operaciones hacia territorios más cercanos a Estados Unidos, reduciendo costos logísticos y riesgos geopolíticos. La relocalización industrial no solo implica fábricas, sino una reorganización completa de cadenas de valor, donde la eficiencia en transporte y conectividad se vuelve un factor decisivo.
El punto de conexión entre ambos procesos es estructural: la competencia por controlar flujos internacionales. En el caso de la aviación, Centroamérica intenta atraer rutas, turismo y operaciones logísticas, pero enfrenta limitaciones en infraestructura aeroportuaria y marcos regulatorios fragmentados. Sin inversión sostenida, la región queda subordinada a decisiones de actores externos, especialmente grandes grupos aerocomerciales que concentran capacidad operativa.
En paralelo, México enfrenta un desafío similar desde la industria. Aunque el nearshoring ha impulsado exportaciones y atracción de capital, persisten cuellos de botella en energía, transporte y logística interna. El crecimiento manufacturero depende cada vez más de la capacidad de sostener cadenas de suministro eficientes, lo que expone debilidades estructurales que podrían limitar su consolidación como hub industrial.
La coexistencia de estos dos procesos abre una oportunidad que aún no se materializa: la integración logística entre México y Centroamérica. En teoría, una mayor conectividad aérea podría complementar el crecimiento industrial, facilitando el movimiento de bienes, ejecutivos y servicios asociados. Sin embargo, la falta de coordinación regional y la disparidad en políticas públicas impiden capturar ese potencial de manera efectiva.

El resultado es una región que compite consigo misma en lugar de operar como bloque. Mientras algunos países avanzan en atraer inversión o mejorar conectividad, otros quedan rezagados, generando asimetrías crecientes. América Latina no enfrenta un problema de falta de oportunidades, sino de ejecución y coordinación, lo que limita su capacidad de insertarse con mayor peso en la economía global.