La política argentina entró en una zona de fatiga. La señal más visible aparece en la participación electoral: en 2015 votó el 81,07% del padrón; en 2017, el 77,8%; en 2019, el 80,86%; en 2021, 67,78% en las PASO y 71,39% en las generales; en 2023, 69,62% en las PASO, 77,04% en la general y 76,37% en el balotaje; en 2025, la participación nacional volvió a caer y quedó en 67,85%, el registro más bajo para una elección legislativa desde 1983. La curva tiene subas y bajas, pero el piso viene descendiendo y el ausentismo se convirtió en una marca política del período.
Ese proceso ya había sido anticipado por el Observatorio de Calidad Institucional de la Universidad Austral, dirigido por Marcelo Bermolén. Antes de las legislativas de 2025, el informe proyectaba que la participación podía tocar un piso histórico a partir de lo que venía pasando en las provincias desdobladas. La estimación se apoyaba en un dato fuerte: en ocho elecciones provinciales de 2025, la concurrencia promedio había quedado en 58%, muy lejos del promedio histórico de 77% para comicios de medio término. El pronóstico se cumplió bastante cerca de la realidad nacional de octubre.
La novedad más interesante apareció después, cuando empezaron a estudiarse las razones de esa retracción. Un trabajo de Rubikon-Intel, complementado con un estudio cualitativo coordinado por Pablo Semán, encontró que entre quienes se ausentaron había una motivación política muy definida: el 41,3% dijo que buscaba “no legitimar a nadie”, el 65,1% sostuvo que los candidatos se olvidan de la gente después de ganar y el 50% afirmó que la política persigue cargos antes que soluciones. Bronca, decepción, cansancio y tristeza fueron las emociones más repetidas. Ahí aparece una pista importante: el descontento democrático tiene menos que ver con indiferencia pura y más con una relación dañada entre ciudadanía y representación.

En ese clima entran los jóvenes, aunque como una parte del cuadro y no como su centro exclusivo. El informe de La Nación sobre sub-30 mostró un desgaste del apoyo juvenil a Milei y un ausentismo muy alto entre 18 y 30 años en 2025. Ese dato suma una capa generacional a un problema más amplio: la promesa de novedad que Milei representó en 2023 ya no organiza sola la expectativa política. Una parte de ese voto se dispersó entre desilusión, distancia y retiro.
El sistema político completo queda alcanzado por ese movimiento. Milei conserva centralidad, pero enfrenta un desgaste visible; el peronismo mantiene volumen territorial, aunque todavía no ofrece una salida nítida; el resto de las fuerzas flota entre fragmentación y administración. La pregunta del título vuelve justamente ahí. “¿Y ahora quién podrá salvarnos?” describe una sociedad que sigue buscando una salida y al mismo tiempo desconfía de casi todos los que la ofrecen.
La democracia argentina mantiene su legitimidad formal, pero pierde el valor simbólico del voto y cada vez menos es el idioma común de la vida pública. Perdió espesor es la promesa de representación eficaz. Las elecciones siguen existiendo como ritual, pero una parte creciente del electorado las vive como trámite vacío, protesta silenciosa o gesto de desautorización.