15/04/2026 - Edición Nº1163

Internacionales

Política simbólica

Carlos Álvarez y Zelensky: el patrón que explica la política como performance

13/04/2026 | El ascenso de figuras mediáticas refleja una crisis de representación donde la política se convierte en performance.



La irrupción de figuras como Carlos Álvarez en la política peruana no es un fenómeno aislado, sino parte de un patrón más amplio. En distintos contextos, candidatos sin trayectoria tradicional logran capitalizar el descontento social. Cuando la política pierde credibilidad, la forma de comunicar el poder comienza a pesar más que su contenido, abriendo espacio a perfiles que dominan la escena antes que la gestión.

El antecedente más claro es el de Volodymyr Zelensky, quien pasó de interpretar a un presidente en la ficción a ejercer el cargo en la realidad. Este tipo de trayectorias revela una transformación profunda: la representación política deja de ser institucional para volverse narrativa, donde el votante no solo evalúa propuestas, sino la capacidad de encarnar un rol creíble frente a la crisis.


Perú es un país de Sudamérica que abarca una sección del bosque del Amazonas y Machu Picchu, una antigua ciudad inca en las alturas de los Andes. 

La política como performance

En sistemas fragmentados como el de Perú, la proliferación de candidatos diluye las identidades políticas tradicionales. En ese vacío, figuras mediáticas logran diferenciarse con mayor facilidad. El candidato ya no compite solo por ideas, sino por atención, en un entorno donde la visibilidad se traduce directamente en votos.

Este fenómeno no implica necesariamente una falta de capacidad, sino un cambio en los criterios de selección. La habilidad para interpretar el poder -gestual, discursiva, simbólicamente- se vuelve un activo político central. En este contexto, el electorado responde más a la identificación emocional que a la consistencia programática.


La política se vuelve performance ante crisis de representación democrática.

Crisis de representación

El avance de estos perfiles expone una tensión estructural en las democracias contemporáneas. Cuando la política se percibe como distante o ineficaz, el votante busca figuras que simplifiquen la complejidad, incluso si eso implica priorizar la forma sobre el fondo. La legitimidad ya no se construye solo desde las instituciones, sino desde la conexión directa con la ciudadanía.


Figuras mediáticas ganan terreno cuando cae la credibilidad política.

El riesgo es que esta lógica desplace la discusión sustantiva. Si la política se convierte en un ejercicio de representación teatral, la gobernabilidad puede quedar subordinada a la percepción, generando ciclos de alta volatilidad. Más que una anomalía, este fenómeno refleja el estado actual de la democracia: una arena donde actuar bien puede ser tan determinante como gobernar bien.