Las elecciones de Perú se están resolviendo en un escenario de fragmentación extrema, desorden logístico e incertidumbre sobre la segunda vuelta, con Keiko Fujimori al frente del conteo y más de 50.000 electores afectados por la extensión extraordinaria de la jornada. Pero el dato de fondo no es solo político: como ocurrió en Brasil, la disputa real también pasa por qué tipo de inserción internacional tendrá el país en una región cada vez más atravesada por la rivalidad entre Estados Unidos y China.
Brasil ya atravesó una elección nacional bajo esa misma presión geopolítica y dejó una lección útil para Lima: el mercado puede reaccionar al ruido ideológico, pero la economía termina respondiendo sobre todo a tres factores más duros, instituciones, comercio exterior y credibilidad macroeconómica. En el caso brasileño, el vínculo con China siguió expandiéndose después de la elección, mientras el país sostuvo una estrategia de “multi-alineamiento”, intentando equilibrar su relación con Washington, Beijing y el Sur Global sin romper con ninguno.
Perú llega a esta elección con un condicionante geoeconómico incluso más visible que Brasil: China ya es su principal socio comercial y concentra más de un tercio de sus exportaciones, mientras el puerto de Chancay se consolidó como pieza estratégica del corredor Asia–Sudamérica. Washington observa ese avance con inquietud y ha reforzado su presencia diplomática, pero la propia dinámica comercial muestra que el peso chino en la economía peruana es estructural, no coyuntural.
Esa misma lógica ya se vio en Brasil. China sigue siendo su principal socio comercial, absorbió más de una cuarta parte de las exportaciones brasileñas y el comercio bilateral alcanzó US$ 158.000 millones en 2024, mientras Brasil profundizó acuerdos económicos y tecnológicos con Beijing sin abandonar otros frentes diplomáticos. La similitud con Perú no está en los nombres de los candidatos, sino en el hecho de que las urnas terminan decidiendo cómo se administra una dependencia comercial estratégica, no si esa dependencia existe o no.

La evolución brasileña después de su última gran elección muestra un punto clave: la geopolítica abre oportunidades, pero no reemplaza la disciplina interna. Brasil creció 3,2% en 2023, 3,4% en 2024 y 2,3% en 2025, una secuencia que evitó el colapso que algunos anticipaban; aun así, convivió con inversión débil y con una Selic de 15% a fines de 2025, señal de que la estabilidad exige costos monetarios y fiscales cuando la confianza no termina de consolidarse.

Para Perú, la comparación es directa. El FMI estima crecimiento de 2,7% a 2,8% en 2026, pero también advierte que el período electoral enfría la demanda interna y desalienta reformas. En otras palabras, el próximo presidente peruano no heredará una economía hundida, sino una economía con activos estratégicos —cobre, comercio con China, posición logística— que solo se transformarán en crecimiento duradero si logra reducir la inestabilidad política. Ese fue el verdadero examen de Brasil después de votar; y ese será, probablemente, el de Perú después de esta elección.