Al drama de Sartre lo gobierna Kicillof

Un cuarto sin espejos ni ventanas. Un mayordomo que abre la puerta.
Entran 2 mujeres y un hombre. Prueban un par de sillones y ninguno les resulta comodo.
Los 3 mataron y por placer. No se arrepienten. 

Todos esperan ser torturados pero no aparece el torturador.

Se niegan, 
se irritan, 
se provocan, 
se odian, 
se parecen.

Se convierten en la miseria del otro. Creen que están ahí para torturarse entre si. 
Casi lo logran. De repetente el hartazgo se convierte en algo dulce. Se reconcilian con su maldad. «Ninguno de nosotros puede salvarse solo,tenemos que perder juntos o salir juntos del apuro» La puerta se abre. Todos se quedan.

Ya son inseparables.  

Pasillos de paredes de calor. Como el conurbano. 
Afuera está el virus pero adentro estan las  bombas que hacen que siempre sea de noche. 
El problema de la noche es que prohibe la palaba esperar. El último paredón de una casa es el barrio.  Y el barrio está lleno de ruido. Mucho ruido. No el de los balcones que cacerolean consignas que emocionan a twitter pero no le llegan a las enfermeras tercerizadas de las guardias. 

Ruido de trampa. Mortal y obligatoria, como la cuarentena.
Ruido que muestra agua contaminada y cloaca invisible, como los virus. 
Ruido que desguasa lo clandestino en la jeta de lo desigual.

Ante la antenta mirada de los monstruos que matan con silenciador.

Aca tampoco aparece el torturador.