Análisis de uno de los más grandes flagelos que tenemos que enfrentar como sociedad por el centro de estudios para el fortalecimiento del estado

En la Argentina, cada 2 de abril se conmemora el Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas. Una huella dolorosa en la historia Argentina contemporánea. En esa guerra fallecieron 649 jóvenes de entre 18 y 20 años. En la Provincia de Buenos Aires en el año 2017 fallecieron 1.369 bonaerenses por siniestros viales (1). Es decir que por año tenemos el equivalente a 2 guerras de Malvinas en la provincia y no somos conscientes de ello. 

Es más, en el mismo año, por delitos dolosos en la provincia hubo 992 fallecidos (2). Tenemos un 40% más de probabilidades de fallecer en un siniestro vial que por un hecho delictivo. Sin embargo no parece que lo veamos, no lo dimensionamos así.

La siniestralidad vial es uno de los más grandes flagelos que tenemos que enfrentar como sociedad. En el territorio nacional se trata de la principal causa de muerte en menores de 35 años y la tercera sobre el total de la población. En Argentina fallecieron 5.472 personas durante el 2018 como consecuencia de accidentes de tránsito (3). 

¿Cómo reducir la cantidad de víctimas? La complejidad de la problemática requiere de un trabajo sostenido en el tiempo, que incluya tanto la prevención, como el control y la difusión de campañas que concienticen sobre la gravedad de las consecuencias de la imprudencia al volante. Los resultados de una política acertada en el área no suelen ocupar las primeras planas ni son reflejados inmediatamente en las estadísticas. Tampoco suelen ser prioridad en las partidas presupuestarias que le asignan los distintos gobiernos, sin distinción de su ideología política. 

El trabajo en conjunto de los municipios, las provincias y la nación es indispensable. No hay forma de mejorar si no ponemos el carro delante del caballo. Si no definimos un norte, un objetivo o prioridad en común entre todos, que obligue a los diferentes actores a tirar para el mismo lado, vamos a seguir teniendo múltiplos de guerras de Malvinas en nuestras calles y rutas.  

En ese sentido, y a modo de aporte, propongo comenzar por el principio del circuito: la entrega de las licencias de conducir:

Debemos tener en claro una cuestión incómoda y hasta políticamente incorrecta: conducir un vehículo no es un derecho. Sino que debe ser considerado un privilegio, una responsabilidad que la ciudadanía le otorga a una determinada persona que demostró tener aptitud y actitud suficiente para hacerlo. El incumplimiento reiterado de las normas de tránsito debería hacer caer esa confianza que la ciudadanía, a través del estado, le brindó. 

Sin duda alguna ésta propuesta debe ir acompañada de otras actividades de concientización de niños y adolescentes, de fuertes controles, castigos cumplibles y de reeducación. 

La fiscalización es otro punto importante. Si bien las multas por infracciones de tránsito suelen ser criticadas y calificadas como recaudatorias, no debemos engañarnos. Esta mirada es la del incumplidor y sobre todo del reincidente. Pero lo cierto es que no es suficiente con que se abone la multa, el infractor reiterativo debería perder tiempo y poner esfuerzo en readecuar su conducta. De insistir en su actitud, debería ser inhabilitado. 

Visibilizar el problema también nos permitirá darle a este flagelo la entidad apropiada. Mayor difusión sobre este tema en medios de prensa nos puede ayudar a tomar conciencia del riesgo y la responsabilidad que implica conducir un vehículo. Generar una sociedad consciente de este drama para no tener que seguir lamentando víctimas día a día. 

(1). Fuente: Observatorio vial de la Provincia de Buenos Aires.

(2).Fuente:SNIC2017

(3).Cálculo que incorpora el marco temporal de seguimiento de las víctimas hasta 30 días después del accidente, conforme el criterio establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS)