Por Facundo Pedrini

«Que el resto escriba en twitter» le contestó el gobierno a los que cuestionan que cada 15 días falten 15 días para que la cuarentena siga. La frase no solo desnuda el desacuerdo sino que reaviva el peor de los temores: la realidad necesita de comentaristas.

En este país nunca pasan las cosas, pasan las interpretaciones.

Y todo termina en Yabrán:

«Yo lo vi en una playa en Acapulco».

«Se cambio de cara con un cirujano plástico famoso».

«El cajón pesaba demasiado poco».

«Nadie se puede disparar con una escopeta solo»

«La mafia no puede morir».

El rumor se esfuerza en influir en lo que fue, en lo que viene e intenta alcanzar la inmortalidad. La rebeldía de cuestionar lo sagrado no termina en luz, termina en panelismo: hablar de medidas sanitarias , fases y curvas de contagio mientras haces un tik tok debajo de la mesa, es la herida mortal que hoy atraviesa los dos lados de la grieta.

Todo da pie a personajes más peligrosos: profetas que proyectan la película de lo que no les salió sobre la muerte del otro. La cronología empezó así:

La cartas de Vargas Llosa, Aznar, Pedro Sanchez, Macri y otros hablando de libertades individuales y asociando la pandemia al populismo. Continuó con la negativa de varios funcionarios de Cambiemos para sesionar online, denunciando un plan macabro para gobernar sin poder legislativo ni judicial. Llegó a su pico de intensidad con la fake news y los cacerolazos sobre la liberación de presos: «Ellos libres: robando, violando y matando y nosotros encerrados esperando la masacre sin cigarrillos». Noticias falsas camufladas desde el dolor de las víctimas. Así, si estabas a favor de los hechos estabas en contra de las victimas. Continuó con los militantes del 7-M instigando a violar un DNU y economistas liberales que hablaron de copar las calles para liberarnos de «una prisión domiciliaria impuesta por el peronismo» cuando la relación del mercado con el individuo se quebró: el 40% de los trabajadores del país cobró la mitad del sueldo y se cuadriplicó la cantidad de empresas que piden auxilio al Estado para que se haga cargo de una parte.

Siempre hay una Argentina que vacía su propia papelera interior en estas expresiones. Subirse al tobogán acuático con smoking y sin cinturón para ver que onda.
No por amor al parque de diversiones sino porque esa velocidad sacude la repetición de 60 días sin novedades.

Salir a buscar un mundo post pandemia rápido sin saber que el mundo se rompió. Pensar que todo va a ser igual pero con barbijo, como un gato que juega con el ovillo de su amo sin saber que va a usar la lana para ahorcarlo.

Yabrán está muerto.