Tras empatar 0 a 0 con Cruzeiro, se impuso en la tanda de penales en la que Armani se lució atajando dos.

Qué cosa extraña es este River. Uno puede pensar que al empatar en el partido de ida con Cruzeiro en el Monumental debería haber quedado preocupado. Que la gente empezaría a recriminarle cosas y sufriría toda la semana esperando esa vuelta decisiva que podía dejarlo afuera de la Libertadores. Que teniendo algunos jugadores clave en un nivel más bajo del habitual se desgastaría en discusiones sobre si tiene que jugar éste o aquel otro. Y nada que ver. El resultado en el Monumental no fue el deseado, pero la convicción y la confianza seguían intactas.

Convicción en su juego, en lo que saben que este grupo puede dar. Incluso ese convencimiento de que en situaciones límite, el equipo da lo mejor. Parece uno de esos boxeadores que cuando los tienen contra las cuerdas es el momento en que mejor responden. River está convencido de que siempre puede. Alguna vez tal vez no se le de, pero ese sentimiento interior existe y es el inicio de cualquier hazaña.

Confianza en los compañeros. Puede lesionarse un jugador importante como Pinola, que entra Rojas y juega bárbaro. Juegue quien juegue, cumple. Y eso también es confianza en Marcelo Gallardo, el piloto de este barco. La gente no se inquieta porque está él. Confían ciegamente en su director técnico. No se cuestionan sus decisiones porque demostró que casi siempre son acertadas. Decide sorprender poniendo al joven Carrascal, y el juvenil colombiano se convierte en figura. Tan importante es la presencia del «muñeco» en el banco de River, que a pesar de haber empatado la ida de local, su equipo es favorito de visitante porque todos saben de su capacidad. Y por eso el hincha millonario vio el partido relativamente tranquilo.

El Mineirao asistió a un partido en el que Cruzeiro no pudo imponer sus condiciones. Tampoco fue superado, pero dio la sensación de que le tenía un respeto reverencial a River. Y eso que ni Borré ni Pratto anduvieron bien, que Palacios no logra volver al nivel que supo mostrar el semestre pasado y que las intermitencias de Nacho Fernández desorientan, porque uno sabe lo mucho que River lo necesita. Pero todos corren, y Carrascal pone la cuota de fútbol. Bien el paraguayo Rojas y Martínez Quarta en la defensa. Sólidos también Casco y Montiel. Y cuando Cruzeiro apuró, apareció el enorme Armani, con dos de esas atajadas legendarias, que quedan en la memoria porque salvan partidos.

Claro, a River le costó crear peligro. Con sus delanteros apagados y obligados a un intenso trabajo de presión, cuando tuvo algún acercamiento, fue impreciso. Y entre Cruzeiro que quería y no podía y River que era intenso pero perdía claridad al cruzar la mitad de la cancha, el tiempo fue pasando y el partido se fue sin goles, directo a los penales.

Y si bien se dice que los penales son una lotería, la sensación de seguridad de River era la misma que da el que tiene todas las bolillas ganadoras. Por televisión Armani parecía gigante. Es alto, sin dudas. Pero su mirada concentrada era intimidante. Y entonces, a pesar de que estadísticamente hay más penales convertidos que contenidos, uno apuesta por el arquero argentino. Y gana, porque ataja el primero, pateado por Henrique Pacheco Lima, Fred le convierte el segundo, pero vuelve a detener el remate de David Correa en el tercero. Sus compañeros de la Cruz, Montiel y Martínez Quarta cumplen acertando con sus remates y la cosa está 3-1 a favor del visitante. Si Robson no convierte el suyo, pasa River. Pero el brasileño define y lo grita con bronca, como queriendo torcer la historia. Y la responsabilidad está en los pies de Borré, que no tuvo un buen partido. Pero no se equivoca, y con su penal mete a River en cuartos de final.

Obviamente existió la alegre explosión de la clasificación obtenida, nuevamente en una parada difícil. Pero juro que da la sensación de que el River de Gallardo todo lo puede y no pierde la calma. Será por esas cosas de la convicción y la confianza.