Delfina Wagner construyó su perfil público en redes desde muy joven, entre discursos, marchas y una identidad política que -según define- nunca aceptó encorsetarse en un “espacio” fijo. “Desde muy chica me sentía muy comprometida con las causas sociales… iba a todas las marchas, me hacía ver”, contó en su visita a El Living de NewsDigitales.
Con ese recorrido, afirma que ganó reconocimiento, seguidores y presencia mediática, pero también un costo personal: “La política es hostil para las mujeres y mucho más cuando sos una mujer joven”.
En su relato, una parte del desgaste provino del propio ecosistema libertario. Wagner sostuvo que vivió situaciones de desplante en ámbitos periodísticos y atribuyó ese clima a una interna cargada de personalismos. “Me ha faltado el respeto el mismísimo Milei… me lo crucé en La Nación… y el tipo me corre la cara… venía con Lilia Lemoine y los dos me corren la cara”, afirmó, al describir episodios que -dice- se repitieron en otros canales.
Más allá de nombres, su diagnóstico apunta al sistema: “Valoro realmente la libertad… y no creo que la política te permita expresar lo que pensás a menos que sea bajo un lineamiento escrito por otro”. Y remata con una crítica directa al funcionamiento de las tribus ideológicas: “Si te corrés un poquito y tenés mente crítica… ya no le servís, te quieren correr”.
En ese mapa, diferenció a Victoria Villarruel por trato personal y por un vínculo previo al ascenso institucional. “La entrevisté cuando tenía 17… ahora tengo 22… y ella no aspiraba a ocupar un cargo”, sostuvo. Aclaró que no idealiza a ninguna figura “ni Milei me da de comer, ni Villarruel… ni Cristina”, pero insistió en un punto: “Villarruel siempre se comportó muy gente conmigo”.
Wagner también se definió desde una lógica patriótica. “Me siento reargentina… amo la causa Malvinas”, dijo, y sumó una idea que repitió como eje de época: “Aprendamos que los políticos son nuestros empleados y no que nosotros tenemos que hacerles caso ciegamente”. Para describir lo que observa en las militancias intensas, apeló a una imagen literaria: “Si no parece que vivimos en una distopía, parece que vivimos en el libro 1984”.

El tramo más delicado de su historia pública se activó tras el atentado contra Cristina Fernández de Kirchner del 1 de septiembre de 2022. Por ese hecho, el proceso judicial identificó a los acusados Fernando Sabag Montiel y Brenda Uliarte, y al grupo mediáticamente llamado “Los Copitos”; en octubre de 2025 hubo condenas para Sabag Montiel y Uliarte y absolución para Nicolás Carrizo, mientras la fiscalía impulsó pedidos para agravar penas en instancias posteriores.
Wagner afirma que, en ese contexto, quedó expuesta por dos factores: su trabajo en TV y su cercanía geográfica con el entorno de la vicepresidenta. “Fue el peor momento de mi vida”, dijo. “Yo estaba trabajando en Crónica, era la panelista más joven, vivía en una pensión, era la más débil, la más nueva”. Aseguró que se la instaló mediáticamente como sospechosa sin pruebas y que eso desató pánico familiar: “En los medios estaban diciendo que me iban a allanar… imaginate mi mamá en Santa Fe”.
Wagner remarca un punto: “Nunca me procesaron, nunca me allanaron”, y que cuando la citaron fue “en calidad de testigo”. Esa participación aparece mencionada en coberturas del juicio oral, donde se la incluyó entre testigos vinculados a la vecindad y al entorno del caso.
En paralelo, explicó el hecho que se usó para “construir” sospechas: un mensaje que le envió a Brenda Uliarte cuando el caso explotó. “Lo único que hice fue preguntarle… ‘Brenda, ¿cómo estás?’”, sostuvo. Ese intercambio fue reportado por medios y reconstrucciones del expediente.
La consecuencia, según su testimonio, fue triple: pérdida de trabajo, hostigamiento en calle y redes, y una presión asimétrica. “Es una vergüenza que estén hostigando a una pibita de 19 años sin pruebas… y porque sabían que yo no tenía la potestad de defenderme legalmente”. Agregó que pidió derecho a réplica “un montón de veces” y “jamás” se lo concedieron.

La reflexión final de Wagner surgió a partir de una imagen que circuló en redes sociales, en la que se la observa movilizándose contra las dictaduras en América Latina. Consultada por esa fotografía, explicó que fue tomada durante una marcha en apoyo al pueblo venezolano y que representa una de las luchas políticas que considera más simbólicas de su recorrido.
“No me gustan las dictaduras ni de izquierda ni de derecha”, afirmó, y sostuvo que su posición sobre Venezuela no responde a una coyuntura puntual sino a una convicción de largo plazo. En su análisis, el proceso venezolano expresa los límites de los sistemas de poder cerrados y el costo humano que generan: exilio, fragmentación familiar y pérdida de derechos básicos.
Wagner señaló que el contacto cotidiano con migrantes venezolanos en la Argentina fue determinante para consolidar esa mirada. “No me puedo imaginar lo que es tener que irte de tu patria, dejar a tu familia y saber que están pasando hambre”, expresó, al describir un drama que —según remarcó— atraviesa ideologías y banderas.
Tras haber transitado la militancia, la exposición mediática y el impacto personal del caso Copitos, Wagner vuelve a una idea que atraviesa todo su relato: la necesidad de una mirada crítica frente al poder. Una postura que, en sus palabras, no admite excepciones ni dobles estándares cuando se trata de autoritarismo, abusos y silencios.